“Han tancat la Rambla”/Barcelona

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diario19.com / Enric González / Mundo

Una joven llora mientras es escoltada junto a otro joven fuera de la zona acordonada de La Rambla. AFP
 

Callaré sobre los muertos, los heridos y quienes les lloran. Son lo más importante y creo que el silencio constituye una apropiada muestra de respeto. Los detalles sobre la tragedia y sus responsables los encontrarán en otros textos. Da igual no haber visto nunca el asfalto lleno de cuerpos y quejidos o haberlo visto unas cuantas veces en varios lugares distintos, en París, en Nueva York, en Jerusalén, en la frontera ruandesa: los sentimientos son los mismos. La rabia, el estupor, la impotencia, el tiempo detenido.

No conozco a las víctimas. Conozco un poco ese medio kilómetro de Rambla sobre el que han caído. Se trata de un lugar empapado en sangre vieja, en dramas, en sudor, en poesía. Es un espacio para multitudes deambulantes que durante siglos ha conocido violencia y sueños. Es, por definición, un espacio abierto, una representación (desaseada y ruidosa, si quieren) de la libertad.

En este pedazo de la ciudad, en 1937, se libró la peor batalla de la guerra interna que carcomía el bando republicano. Justo en la esquina con la plaza de Cataluña, en 1981, se desarrolló un célebre y truculento atraco al Banco Central. Aquí, en Canaletas, se apedrean las cristaleras y se celebran los títulos del Barça, se tima a los turistas y se les denuesta, se pasea en las mañanas soleadas de Sant Jordi, se lamenta en qué se ha convertido Barcelona y se disfruta de esta ciudad, tan invivible que medio mundo quiere vivir en ella.

En este medio kilómetro, este paseo desde Canaletas hasta, más o menos, el Teatro del Liceo, se concentra la esencia de una ciudad que es un oxímoron. A veces mística y reaccionaria, como Antonio Gaudí; a veces racional e incomprendida, como Ildefons Cerdá; a veces golfa y alegre como aquel Ocaña que recorría la Rambla hasta que se disfrazó de sol y murió quemado.

El 31 de marzo de 1987, Ramón Cabau, farmacéutico, restaurador y payés, acudió como cada día al mercado de La Boquería y, copa en mano, saludó uno a uno a sus amigos. Fue una gran despedida, teatral, barcelonesa. En la copa había cianuro. Cabau cayó frente a la parada de setas de su amigo Patrás. Todo el mercado se echó las manos a la cabeza. Qué quieren, la civilización es eso: la tragedia personal convertida en ópera urbana.

La civilización es la pequeña coctelería Boadas, que no cerró mientras anarquistas y comunistas se disparaban ante sus puertas en la batalla de 1937. Una mañana de 1981, entré en Boadas cubierto de sangre (acababa de socorrer a una accidentada de tráfico); la dueña, María Dolors Boadas, hoy fallecida, levantó un poco las cejas y, sin un solo comentario, me preguntó qué me apetecía.

Las clases de solfeo en el Liceo, con la señorita Sadó, eran también civilización. Uno de los alumnos, mayor que yo, se llamaba Javier Patricio Pérez. Más tarde, convertido en Gato Pérez, puso acento argentino a la rumba barcelonesa y un poco de guasa entre tantos asuntos importantes.

La civilización es el recuerdo de Manolo Vázquez Montalbán bajando la Rambla de camino a una comilona en Casa Leopoldo; es Maruja Torres tomando copas en el Café de la Ópera; es el fantasma de Jaime Gil de Biedma, saliendo de Tabacos de Filipinas con su traje de ejecutivo y enfilando el camino hacia el puerto; son los quioscos y las flores y las madrugadas insomnes. La civilización es la historia: la Rambla fue un albañal y una frontera entre los pudientes, bajando a mano izquierda, herederos del Barrio Gótico y protegidos por la muralla, y los desposeídos, a mano derecha, hacinados a las puertas de la ciudad. Algo de aquella tensión antigua sobrevive en el ambiente.

Una tarde de 1975, quizá en primavera, yo estaba sentado sobre una baranda de Canaletas leyendo un libro. Se preparaba una manifestación, como casi cada día. Para mi desgracia, yo leía ‘Cómo acabar de una vez por todas con la cultura’, una hilarante colección de cuentos de Woody Allen, y se me escapó una carcajada. Un antidisturbios se tomó a mal la risa y me clavó en la cara la bocacha del fusil. Uno de sus compañeros le reconvino con una frase memorable: “¡Estemos a lo que hay que estar, hombre!”. En ese momento, no sé muy bien por qué, fui consciente de que la dictadura se acababa. Seguí leyendo (y riendo) ajeno a todo, mientras a mi alrededor comenzaba la bronca.

Hace años, Jaume Sisa, chico del Poble Sec y, por tanto, de los barrios bajos, escribió una canción desolada con el título ‘Han tancat la Rambla’. Traduzco del catalán la primera estrofa: “Han cerrado la Rambla, han echado a todo el mundo, han vaciado los árboles de pájaros y flores”. Esta vez, la Rambla se cierra por matanza. Tras el horror del crimen, el asombro ante lo imposible: ¿cómo imaginar cerrado el espacio más abierto del mundo?

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