RODOLFO FIERRO: SEMBLANZA DE UN CARNICERO / [1ª Parte] 

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M.H. Reidezel Mendoza Soriano

 

Víctor de Anda recordaba a Fierro como un hombre fornido, de un metro ochenta y cinco centímetros, de unos 85 o 90 kilos, de 32 años. Según De Anda “era muy buen amigo, infundía miedo, porque era un pelado muy atrevido y tenía las dos gracias: ser valiente y ser asesino, porque era muy matón.” Patrick O´Hea lo recuerda “alto y de tez oscura, pero con rasgos mongólicos.” Miguel Alessio Robles dice que Fierro fue el tipo más “pavoroso de la Revolución” cuyos ojos anchos “despedían miradas aterradoras.” Apodado “El Carnicero”, Rodolfo Fierro nació en El Charay, jurisdicción de El Fuerte, Sinaloa, el 28 de junio de 1882, hijo del mestizo Víctor Félix y de la india tehueca Rosa López Castro. Otras fuentes refieren que su madre era Justa López, una india mayo que trabajaba como sirvienta en la casa de Gumersindo y Venancia Fierro, quienes lo adoptaron y le dieron su apellido, después de que su madre lo abandonara. 

En sus primeros años trabajó en el campo. En 1902 marchó a Cananea, Sonora, donde laboró en el servicio interior de vigilancia de la minera. Tres años después se mudó a Hermosillo, y se enlistó en el 27º Cuerpo Rural que comandaba Luis Medina Barrón. Recomendado por el comerciante José María Paredes, se le ascendió a teniente y se le comisionó a la oficina del Detalle. El comerciante Carlos M. Calleja, vecino del cuartel de Rurales en Hermosillo, refirió a Elías Torres que Fierro participó en la campaña contra los yaquis y los mayos, donde destacó por su buen comportamiento y su destreza: “era muy amable, con nadie se disgustaba, no era cruel con sus inferiores, sino por el contrario, bondadoso […] a grado tal que muchos lo querían.” 

 

 

De la infinidad de historias que giran en torno a la oscura leyenda de Rodolfo Fierro, una de ellas refiere que formó parte de un escuadrón comandado por el capitán Agustín Martínez de Castro, el mismo en el que militaron Gonzalo Escobar y Antonio Ochoa, futuros generales revolucionarios. Otros testimonios refieren que, en plena campaña contra los yaquis, Fierro asesinó al capitán Clodomiro Lozada y se salvó del paredón al comprobarse que había actuado en defensa propia. Asimismo, se asegura que participó en la represión de los mineros en Cananea. En estas andanzas, Fierro adquirió una gran destreza en el manejo de armas y una extraordinaria puntería con ambas manos. 

El 22 de octubre de 1906, Rodolfo Fierro contrajo matrimonio con la señorita Luz Dessens, hija del acaudalado agricultor francés Pedro Dessens y de María de Jesús Peralta. La había conocido un año antes durante un baile en el Palacio de Gobierno de Hermosillo, con motivo de la visita del vicepresidente Ramón Corral. Sin embargo, el 18 de diciembre de 1907, su esposa murió por complicaciones en el parto. El 19 de octubre de 1908 perdió también a su hija María Luz Agustina Fierro, de un año. Según Calleja, “Fierro estaba desesperado, lloraba como un niño por la pérdida sufrida.” Según estas versiones, la pena le endureció el corazón. Deprimido por su desgracia, se embrutecía diariamente con alcohol y poco después abandonó la ciudad. Comenzó a trabajar para la compañía Ferrocarril Sud Pacífico de México, S. A., como garrotero y, con el tiempo, ascendió a conductor de máquinas, que recorrían el tramo San Blas-Los Mochis. En 1909 se afilió al Club Central de Guaymas, que apoyaba la candidatura del general Bernardo Reyes y cuyo presidente en el estado de Sonora era José María Maytorena. 

En el puerto de Mazatlán, Rodolfo entabló una relación sentimental con la señorita Teodora Mata Millán, de 17 años, con quien procreó otros dos hijos: Rodolfo, nacido el 13 de junio de 1910, y Martiniano, el dos de enero de 1912. En la oficina del Registro Civil fue asentado que Rodolfo L. Fierro era “natural de Charay, Distrito del Fuerte, de 27 años, soltero, manejador de Ferrocarril, con domicilio en la calle Guelatao, número 613.” 

El 15 de mayo de 1911, tropas maderistas encabezadas por Benjamín G. Hill, atacaron Navojoa, Sonora, y Fierro fue comisionado para movilizar los trenes militares que se alistaban como refuerzo en San Blas. La plaza cayó en manos de los rebeldes y Fierro quedó de nuevo a cargo de la movilización de tropas a la plaza de Culiacán, defendida por el general Higinio Aguilar y el coronel Luis G. Morelos. En pocos días, Fierro reparó todos los puentes quemados por los maderistas y movilizó por tren los refuerzos a la capital sinaloense, asediada por las fuerzas de Juan Banderas, Ramón F. Iturbe y Rafael Buelna, entre el 20 y 29 de mayo de 1911. 

A la caída del régimen maderista, las tropas comandadas por Calixto Contreras, Tomás Urbina y Severino Ceniceros sitiaron la ciudad de Torreón, Coahuila, el 22 de julio de 1913. La plaza era defendida por fuerzas federales al mando del jefe de la guarnición, general Eutimio Munguía, de los generales Ignacio A. Bravo y Felipe Alvírez, y de los irregulares Benjamín Argumedo y Emilio P. Campa, entre otros. Fierro y Fortino Astorga, que trabajaban como conductores de los trenes federales, solicitaron permiso al general Bravo para entrevistarse con Calixto Contreras en la hacienda de La Loma, Durango, y tratar de convencerlo de deponer las armas. En realidad, Fierro tenía la intención de darse de alta en las tropas de Tomás Urbina, pues sólo Astorga retornó a Torreón. 

 

 

El general Ismael Lozano dice que Rodolfo L. Fierro se presentó en Canatlán ante el coronel Román Arreola, segundo jefe de la Brigada Morelos que comandaba Tomás Urbina, dándose de alta en sus filas. En la hacienda de Cacaria, Fierro colaboró con Orestes Pereyra y varios voluntarios estadounidenses en la construcción de cuatro cañones que se utilizaron en el ataque a la ciudad de Durango, entre el 17 y 18 de junio de 1913, y fue ascendido a capitán. En una reyerta, sin embargo, asesinó a tiros al teniente Jesús Ortega, y Pereyra lo expulsó por indisciplina. Para entonces ya arrastraba una mala fama de conflictivo y pendenciero entre sus compañeros. Se reintegró entonces a las fuerzas de Urbina, donde fue designado superintendente provisional de la División Ferrocarrilera del tramo Torreón-Durango. Personalmente trasladó todos los valores, que ascendían a cuatro y medio millones de pesos en oro, plata y billetes, producto del saqueo de las tropas de Urbina a casas, comercios y al Arzobispado de la capital del estado.  

Tomás Urbina se incorporó con su Brigada Morelos a las fuerzas de Francisco Villa en Ciudad Jiménez, Chihuahua, el 26 de septiembre de 1913. Ascendido a mayor, Fierro se dio de alta en el Estado Mayor de Villa y fue designado como su ayudante personal. De Anda asegura que Urbina “le agarró idea” pues nunca le perdonó el desplante y continuamente insinuaba a Villa su deseo de fusilarlo, pero éste lo defendía diciendo que era “muy buen elemento”. Desde sus primeros combates, Fierro había demostrado un valor suicida; parecía no interesarle sobrevivir. Era un consumado tirador y nadie pudo detener su misión de muerte.  

El 25 de octubre de 1913, en Camargo, Chihuahua, Villa ordenó a Fierro que ejecutara al doctor y general sinaloense Domingo Benjamín Yuriar por “insubordinación”. El jefe de su Estado mayor demandó que fuera sometido a juicio, a lo que accedió Villa pero hasta que fuera fusilado. 

La madrugada del sábado 15 de noviembre de 1913 las tropas de Villa tomaron por sorpresa Ciudad Juárez, después de vencer la resistencia que les opuso el ingeniero y coronel Enrique Portillo Maese, atrincherado con sus tropas en la Plaza de Toros, y quien fue el último jefe en rendirse después de que sus hombres fueron muertos, cayeron heridos o se quedaron sin cartuchos. Esa misma noche, Villa ordenó a Fierro la ejecución de todos los prisioneros, incluyendo al coronel Portillo, que estaba herido. También fueron fusilados Enrique Ziege, jefe de la Aduana, el coronel Agustín Cortinas, los capitanes José Torres y Ángel Benavides, el subteniente Pablo Ríos y otro oficial. El domingo continuó la matanza en el cementerio municipal, siendo fusilados el capitán Ricardo Contreras, instructor militar de la Guarnición, el jefe de Policía Juan Córdoba, su subalterno Pablo Ibave, y un particular. Catorce federales prisioneros fueron llevados al panteón para que sepultaran los cadáveres de 89 de sus compañeros caídos en combate. Testigos relatan que dos prisioneros intentaron escapar mientras excavaban las tumbas; los villistas los derribaron con sus rifles y los ejecutaron en el suelo mientras estaban inconscientes. Los cadáveres de las víctimas fueron sepultados en una fosa común del panteón municipal.  

Durante la batalla de Tierra Blanca, ocurrida días después, varios oficiales heridos de las fuerzas de José Inés Salazar fueron aprehendidos cuando emprendían la retirada. Villa ordenó que los 30 prisioneros fueran ejecutados. A otros 50 prisioneros que estaban encerrados en un corral en Ciudad Juárez, Fierro les dijo que si lograban brincar la barda quedarían libres, pero disparó contra ellos y ninguno lo logró. Un testigo relata: “Los presos federales fueron derribados como perros.” 

A partir de entonces, además de fungir como superintendente de Ferrocarriles, Fierro se convirtió en uno de los matones al servicio de Villa, al igual que los siniestros Miguel Baca Valles, Manuel Baca, Pablo Seañez, Faustino Borunda y Manuel E. Banda, que competían en salvajismo y número de víctimas. Según Elías Torres, “no podría decirse […] quien mató más gente […] no se limitaron nunca a llevar a cabo ejecuciones ordenadas directamente por el comando militar; sino de su propia cosecha segaron centenares de vidas.” Generalmente Fierro asesinaba por órdenes de su jefe, pero también lo hacía por simple diversión, al liarse en disputas callejeras o para algo tan trivial como afinar su puntería, casi siempre bajo el influjo del alcohol. Fue el primero entre los villistas en sustituir su habitual revólver 44, por una escuadra Colt calibre 45 de origen estadounidense. 

La madrugada del cuatro de marzo de 1914, Fierro, ebrio, asesinó a tiros en el Barrio de Santo Niño, de la ciudad de Chihuahua, al ferrocarrilero Carlos Vela. Katz dice que Fierro lo mató porque lo había empujado accidentalmente en la calle. Debido al enojo entre sus partidarios, Villa no tuvo más remedio que someter a Fierro a un consejo de Guerra, pero le conmutó la pena de muerte, y sólo lo destituyó de la superintendencia de Ferrocarriles. Otro consejo de Guerra en Gómez Palacio, encabezado por Eugenio Aguirre Benavides, también lo sentenció a muerte, esta vez, por el asesinato a mansalva del exdiputado y coronel Enrique García de la Cadena, pero nuevamente Villa lo indultó alegando que, si alguna vez lo derrotaban, Fierro sería de los pocos que lo seguirían a las montañas.  

En Torreón, como jefe de día en la plaza, Fierro ejecutó a oficiales de Calixto Contreras, por una reyerta en un prostíbulo, y a un parroquiano del Casino Americano, lo que le ganó la enemistad de Contreras. A pesar de la gran tensión que generaba Fierro entre sus propios partidarios, Villa siempre se negó a proceder en su contra, incluso cuando había asesinado a miembros de su propio destacamento. 

La desgracia parecía seguir al matón villista. Con diferencia de tres días, sus hijos Martiniano y Rodolfo, de dos y cuatro años, fallecieron de gastroenteritis en el puerto de Mazatlán, en junio de 1914. Su mujer, Teodora Mata, de 22 años, también murió víctima de la viruela negra, el 18 de febrero de 1915. 

En la ciudad de Chihuahua, el 13 de junio de 1915, Rodolfo Fierro contrajo matrimonio con Soledad Espinoza Godínez, de 17 años, quien falleció poco después, el siete de agosto de 1916, en el Hospital Providencia, de El Paso, Texas. Si acaso era posible, de haberlo vivido, quizá esto hubiera exacerbado aún más su violencia.  

[continuará…] 

FUENTES: 

 

Ángel García López, El verdadero Pancho Villa, Costa-Amic Editores, México, 1970. 

 

Ernesto Gámez, Rodolfo Fierro, “La bestia hermosa”, [versión digital] http://centaurodelnorte.com/wp-content/uploads/2012/03/Rodolfo-Fierro-La-bestia-hermosa.pdf 

 

Francisco L. Urquizo, Recuerdo que…, Episodios de la Revolución, Ediciones Botas, México, 1934. 

 

Francisco R. Almada, La Revolución en el estado de Sonora, Gobierno del estado de Sonora, 1990. 

 

Francois Xavier Guerra, Del Antiguo régimen a la Revolución, dos tomos, FCE, México 2003. 

 

Friedrich Katz, Pancho Villa, 2 tomos, Ediciones Era, ICED, CONACULTA, Durango, México 2010. 

 

Laura Alarcón MenchacaJosé María Maytorena: una biografía política, El Colegio de Jalisco, El Colegio de Sonora, Universidad Iberoamericana, México 2008. 

 

Luis Aguirre Benavides, De Francisco I. Madero a Francisco Villa, Memorias de un revolucionario, México, 1966. 

 

Miguel Alessio Robles, Memorias. Mi generación y mi época, tomo IGobierno del Estado de Coahuila, Instituto Coahuilense de Cultura, INEHRM, SEGOB, México, 2010. 

 

Miguel A. Sánchez Lamego, Historia Militar de la Revolución mexicana en la Época Maderista, tomo I, INEHRM, México, 1976. 

 

Patrick O´Hea, Reminiscencias de la Revolución mexicana, Instituto Mora, México, 2012. 

 

Reidezel Mendoza Soriano, Crímenes de Francisco Villa. Testimonios. Independently published, segunda edición 2020. 

 

El Imparcial 

El Paso Herald 

El Paso Morning Times 

El Regidor 

El Siglo de Torreón  

La Prensa 

The Los Angeles Times 

The Daily Times 

The Salt Lake Tribune 

 

Entrevista de Laura Espejel a Víctor de Anda, ciudad de México, 22 de marzo de 1973, INAH, PHO/1/46. 

 

Archivo Histórico de la Secretaría de la Defensa Nacional 

Archivo Histórico de la Secretaría de Relaciones Exteriores 

Libros de matrimonio y defunción del Registro Civil de Hermosillo, Sonora (1906-1908) 

Libros de nacimiento y defunción del Registro Civil de Mazatlán, Sinaloa (1910-1914) 

Libro de matrimonios de la ciudad de Chihuahua (1915) 

Libro de defunciones de Ciudad Juárez (1916) 

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