Jesuitas asesinados por El Chueco, regresan a Cerocahui; del asesino tolerado, nada

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Bajo lluvia intensa, los cuerpos de los sacerdotes jesuitas regresaron a la iglesia de Cerocahui en donde fueron asesinados el lunes pasado por el El Chueco, un capo regional de la nande de «Los Chapos», tolerado por la política se seguridad federal del presidente López, cómo cientos de líderes de células criminales en el País.

Mientras López Obrador criticó en la mañanera a los «religiosos» por estar de lado de oligarquía que va contra su gobierno señalándolo de cómplice del narco, los cuerpos de los sacerdotes que durante 50 años han trabajado del lado de las etnias de esa zona de Chihuahua, muchos de ellos desplazados de sus poblados tras el acoso de los grupos delincuenciales tolerados por servir de operadores políticos, los cuerpos masacrados de Morita y padre Gallo, iban camino a las exequias y su última morada, bajo la tierra de un país con más de 123 mil asesinatos.

López descalificó cómo lo hace con. Todo aquél que no se somete a sus caprichos, la labor de los sacerdotes Jesuitas que llevan a cabo un trabajo de apoyo a los raramuri, etnia olvidada por los programas de bienestar de un gobierno selectivo, discriminador y mentiroso.

“Cuándo íbamos llegando, le dije a mi esposo que el cielo estaba llorando”, dijo Silvia Luz Blanco Jiménez, amiga del Padre Gallo.

A las 9 del domingo, tras la misa de cuerpo presente en Creel, el cortejo fúnebre partió hacia Cerocahui, ubicado a 110 kilómetros al suroeste de Creel, en un camino sinuoso y en muy malas condiciones, que no alcanza la cobertura presupuestal porque está se va en mucho mayor porcentaje a estados del Sur, cómo Guerrero, dónde a López la gente de Salgado Macedonio, le hace caravana y aplaude por los apoyos que recibe del programa sembrando vida, mientras los campesinos de esos lugares trabajan sin problema alguno en los campos de amapola de la sierra guerrerense.

En las comunidades que cruza la carretera Creel- Cerocahui, pobladores salieron a decirle adiós al padre Gallo y al padre Morita.

Mientras en Guerrero, López bajaba del auto a saludar a los acarreados que Salgado Macedonio le tenía por todo el trayecto, esperando con su torta y su refresco, la pasada del presidente, que no se atreve a pasear así por las zonas donde el narco mantiene el control con prácticas de terror, toleradas por su gobierno.

En San Rafael, la comunidad rarámuri bailó y acompañó las carrozas por casi una hora.

Faltando 6 kilómetros para llegar a Cerocahui, en el sitio conocido como La Virgen, los feligreses se sumaron al cortejo fúnebre caminando lentamente al lado de las carrozas, en un ambiente de Dolor extremo

Poco antes de las 4 de la tarde, al llegar al arco de piedra de entrada al poblado de Cerocahui, la llovizna se convirtió en un aguacero que se prolongó por más de una hora.

Metros adelante, se formó una pequeña cascada al paso del cortejo.

Sacerdotes, religiosas e integrantes de la comunidad rarámuri, no se separaron del cortejo a pesar de la lluvia intensa.

Al llegar a la Iglesia de Cerocahui, completamente mojadas, por lo menos 14 mujeres cargaron uno de los dos féretros y el otro fue cargado por los hombres del pueblo, para realizar una misa de cuerpo presente.

Silvia y Gelacio, fueron amigos del padre Gallo durante 40 años, ella asegura que el padre sabía cómo manejar situaciones de riesgo.

“Aquí nos casamos, con el padre Javier y el padre Morita tenemos una relación de amistad, yo, conociendo a los sacerdotes, sé que siempre se trató de mediar para el bien”, señaló Silvia Luz Blanco Jiménez, amiga del padre Gallo.

Este lunes al medio día se celebró la última misa de cuerpo presente en Cerocahui para después despedir a los padres quienes durante casi 5 décadas realizaron todo tipo de actividades pastorales y de ayuda a la comunidad rarámuri y tarahumara.

Ambos sacerdotes descansan sepultados en el atrio de la iglesia en donde trabajaron casi 50 años. Dónde murieron asesinados por un cacique delincuente tolerado por la política de seguridad federal que se dicta diario desde la mesa de Palacio Nacional.

“Toda su vida estuvieron dedicados a estas tierras y lo que ellos querían, era quedarse en estas tierras”, concluyó Gelacio Jiménez, amigo del Padre Gallo.

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