Por H. Reidezel Mendoza S.
En los años posteriores a su derrota, Francisco Villa asesinó a muchos de sus antiguos soldados, aquellos mismos a quienes antes solía llamar sus “muchachitos”. En un lapso de tres días, a mediados de enero de 1918, Villa colgó a 43 hombres y torturó y quemó a dos mujeres en tres localidades distintas del sur del estado de Chihuahua. Están profusamente documentadas en sus discursos las “palabras sinceras surgidas del corazón de un hermano de raza” con que se dirigía a los mismos pueblos contra los que cometió brutalidades difíciles de creer.
LOS AHORCADOS DE SAN JOSÉ DEL SITIO

La mañana del miércoles 16 de enero, Villa arribó al frente de un numeroso contingente a las goteras de San José del Sitio, municipio de Satevó. Una pequeña partida integrada por vecinos del pueblo y de las rancherías aledañas constituía la guarnición, parapetada en las alturas del templo parroquial y en las azoteas de algunas casas. Cuando Villa ordenó sitiar el pueblo se desató el tiroteo. Los atacantes estaban escasos de municiones, y en vista de la resistencia de los pobladores, el guerrillero llamó a parlamentar, dando su palabra de que si rendían las armas, respetaría sus vidas. Superados en número, los vecinos acordaron desistir de la defensa; bajaron de las azoteas, entregaron sus armas, pero Villa ordenó a uno de sus lugartenientes que los aprehendieran y los llevaran al arroyo, donde empezó a colgarlos de los álamos.
Martín López, pistola en mano, terminó con aquella matanza, obligando a Villa a liberar a los prisioneros que quedaban. López incorporó a sus filas a Santiago Chávez, Avelino Sánchez, Jesús Mariñelarena, Ascensión Mariñelarena, Julio Trillo, Eduardo Trillo, Zenón Borrego, Clemente Kuchlé Meraz y José Antonio Quezada que desertaron a la primera oportunidad.
Esa fría mañana quedaron colgados de los álamos del arroyo de San José de Sitio los cadáveres de Serapio Villa, Antonio Mariñelarena, Abraham Mariñelarena, José Mariñelarena González, Mariano Mariñelarena Morales, Guadalupe Mariñelarena Morales, Rosendo Vázquez, Mariano Chacón, Andrés Sánchez Cadena, Ezequiel Sánchez, Rafael Cadena, Mercedes Corral, Leandro Monje, Francisco Monje, Francisco Monje, hijo, Mercedes Monje, Manuel García, Jesús María González, Tomás González, Marcos Villagrán, Isabel Almanza, Eduardo Morales y Francisco Arenivar.
Modesto Quezada se cortó el cuello mientras estaba en la fila y Sóstenes Chacón, después de abofetear a un villista, fue asesinado a tiros en presencia de su pequeño hijo Cástulo. Otro prisionero intentó desarmar a uno de los hombres de Villa, pero fue sometido y asesinado; uno más intentó correr hacia un álamo, siendo tiroteado antes de llegar. Un anciano que bajó al arroyo sin percatarse de lo que sucedía, vio a su hijo que pendía de un árbol y lleno de ira reclamó: “¡Pues no dijiste que bajo palabra de honor nos ibas a respetar la vida, baboso!” Villa ordenó que lo asesinaran a cabeza de silla: lo amarraron del cuello y lo arrastraron por el arroyo destrozándolo. Al resto de los prisioneros “los pusieron en fila y al que le tocaba era a mi tío Santiago [Chávez], tío de mi papá, le pusieron la soga en el cuello y ya lo iban a colgar cuando llegó Martín López […] mi papá estaba enseguida de él [en la fila].”

Al día siguiente Villa desalojó el pueblo. Ancianos, mujeres y niños abandonaron sus hogares, buscando refugio en Chihuahua y en San Francisco de Borja, ante el temor de que Villa regresara, quien se encaminó a Valle de Olivos y a San Antonio de La Cueva, donde volvería a cometer excesos contra la población civil.
LOS 18 COLGADOS DE LA CUEVA

La mañana del 17 de enero, Villa, enfurecido porque su caballo había sido herido en un tiroteo con un grupo de vecinos de Guadalupe que habían defendido su propiedad, se encaminó al rancho La Cueva (hoy Juan Mendoza), 65 kilómetros al sur, en busca de antiguos subalternos que se le habían desertado por no estar de acuerdo con los excesos que cometía en los pueblos.
Villa advirtió: “Van a ver lo que vale mi caballo, de ese pueblo no voy a dejar ni a los perros”; ordenó a sus soldados concentrar a todos los hombres en una troje, la mayoría vecinos pacíficos que no habían militado en sus tropas, entre ellos ancianos y niños. Los prisioneros fueron formados frente a la barda de la casa de Sebastián Molina y eran sacados uno por uno para ser colgados. Un testigo relató: “Se sentó en una silla y puso dos escoltas detrás de él. Afuera, al lado de un cuarto, había un árbol de mezquite del que ya pendía la soga de una rama. Villa ordenó: “¡Que salga el primero!” -salió el primero y le preguntó: “A ver ¿qué traes?” –“pos nada”- contestó. “Quítate los huaraches” y luego les ponía la soga al cuello, le daba el “jaloncito” y sus escoltas los golpeaban con la cacha de sus rifles en las corvas para que se doblaran y se asfixiaran. Inmediatamente descolgaban el cadáver, arrojándolo a un lado, y otro prisionero ocupaba el patíbulo improvisado.
Villa también amagó con quemar vivas a los hijos y a las mujeres de algunos de sus exsoldados que estaban ausentes y ordenó que los formaran frente al patíbulo. A uno de sus hombres le dijo: “Vayan traigan un poco de petróleo para prenderles fuego a estos cabrones.” En la fila estaban Luisa Chávez, esposa de su exlugarteniente Ramón Quintana, y sus hijas Guadalupe, de 17 años, Atilana, de 14 años, e Hipólita Quintana Chávez, de siete años; también María de Jesús Ruiz Chavira, Ponciana Molina, de ocho años, David Molina, de nueve años, Eulogia Molina, de un año, esposa e hijos de Antonio Molina Olivas, otro exvillista. También fueron formados Delfina Chavira y su hijo Celso Chavira, de seis años, y que iba enredado en una cobija enfermo de gripe. Doña Delfina suplicó: “¡Pero cómo mijo! Está muy malo, está muy engripado, cómo lo vamos a sacar así.” Villa contestó: “¡Sáquelo! Al cabo le vamos a prender fuego.”

María de Jesús Ruiz preguntó a Villa: “¿Mi general, no tiene madre o hermanas? ¿No quiere a las mujeres? ¿Nos va a quemar sólo por ser mujeres?” Villa respondió: “¡Vieja jija de la chingada! ¡si esa cría que traes ahí en los brazos es macho las voy a quemar, pero si es hembra las perdono!” Envió a uno de sus hombres a revisarla y confirmó que era niña: “¡Se me largan viejas jijas de la chingada, ya la hicieron.”
Según testimonios de los sobrevivientes, Martín López, “que se paseaba impaciente en un caballo prieto frente a Villa, de muy malos modos y echándole el corcel encima, le gritó: “¡No me cuelgas un hombre más! Esto es de cobardes, ¿por qué no vamos a seguir a los que se nos fueron anoche? ¡Estás matando a pura gente trabajadora!” Villa, que le temía a Martín, detuvo la matanza.
En los libros del Registro Civil del pueblo de San Ignacio se asentaron las defunciones de siete de las víctimas: Pablo Mendoza Chavira, su hijo Ignacio Mendoza Portillo, padre y hermano del exvillista Juan Mendoza; Manuel Portillo Portillo, su hijo Jerónimo Portillo Espinoza, Rayo Molina García y Abel Sotelo Molina, vecinos de La Cueva. También murieron Rayo Sotelo Molina, Manuel Sotelo, Enrique Portillo García, vecinos de Guadalupe; Julián Chaparro Molina, de rancho de Morales; don Luz Ruiz, José Anastasio Chaparro Chavira, Miguel Yáñez, Inés Chavira González, los hermanos Feliciano y José Muñoz, y otros dos vecinos cuyos nombres se ignoran, todos agricultores, que fueron sepultados en una fosa común del cementerio de la capilla de Guadalupe.

DOS MUJERES QUEMADAS EN VALLE DE LOS OLIVOS

La noche viernes del 18 de enero, doña María de la Luz Portillo Moreno viuda de García y su nieta María de la Luz García viuda de Sánchez, conocidas como Las Lucitas, fueron torturadas y quemadas en su casa del Barrio de Arriba, en el pueblo de Valle de Olivos, jurisdicción de Valle del Rosario, 10 kilómetros al noreste de La Cueva. Uno de los crímenes más atroces ordenado por Francisco Villa.
Distintas son las versiones del crimen y todas giran en torno a una venganza de Villa por el supuesto robo de efectivo y al desprecio de la señora María de la Luz García, viuda del villista Cecilio Sánchez, a las insinuaciones del líder guerrillero. Cualquiera que fuera el motivo, Villa actuó excesivamente en contra de dos mujeres indefensas que nunca representaron una amenaza para él o sus hombres, no obstante fueron torturadas y ejecutadas.
Villa y su familia mantenían una vieja amistad pues varios de los nietos de doña Luz Portillo, Martín García, el coronel Jesús “Pelón” García y el mayor Gabino Sandoval, militaban en sus filas. Cuando llegaban a Valle de Olivos establecían su cuartel en el patio de la propiedad de doña Luz y extraían provisiones de sus trojes y corrales. Es probable también que, como en muchos otros casos, no le quedara más remedio a la señora Portillo que recibir a Francisco Villa ante el temor de sufrir represalias si se rehusaba a colaborar. En dicha casa, actualmente en ruinas, llegaba a pernoctar Villa cuando se apartaba de la tropa debido a su vieja costumbre de alejarse de los campamentos por desconfianza a sus propios hombres.

Asimismo, algunos de sus descendientes refieren que Villa había encargado a la familia la custodia de 20 mil pesos. Rodrigo García Portillo, hijo de doña Luz que vivía en la ciudad de Chihuahua, visitó la casa de su madre y aparentemente dispuso del efectivo sin dar cuenta a nadie. Cuando Villa regresó a reclamar el dinero, doña Luz no pudo entregárselo y éste ordenó que la torturaran sin importarle su avanzada edad o que estuviera postrada en una silla, al igual que a su nieta María de la Luz García, hija de Rodrigo, hasta que confesaran dónde estaba el dinero. Según uno de los testigos, en una de paredes de la sala de la casa habían encontrado rastros de manos ensangrentadas en la pared.
Jesús Molina Portillo asegura que Villa las quemó después de exigir dinero para usaría para pagar a sus hombres. Ramón Chavira explica que después de darle de cenar a Villa, éste ordenó asesinarlas: “las paredes de la cocina mostraban rastros de sangre donde ellas trataron de sostenerse de la pared cuando las estaba apuñalando.” Chavira asegura que de las Lucitas sólo encontraron una mancha de grasa, cenizas, algunos trozos de huesos quemados y el rosario de la tatarabuela [Luz Portillo] dentro del horno donde cocían pan.
El general Ernesto García, jefe de la Brigada Benito Juárez, comentó a doña Celia Herrera: “Cuando recibí órdenes de mi general [Francisco] Murguía de trasladarme a la Ciénega [de Olivos] salí a marchas forzadas; cuando llegué los villistas ya habían huido; en mis dos manos recogí las cenizas en que quedaron convertidas aquellas infortunadas mujeres.” Los restos de ambas mujeres fueron depositados en una caja de madera y sepultados detrás de su casa, bajo una hilera de nopales. Casi 40 años después fueron exhumados por el licenciado Socorro García e inhumados en la capital del estado.
Una segunda versión sostiene que les exigieron un préstamo forzoso que doña Luz se negó pagar, lo que provocó la rabia de Villa, asesinándolas. Rafael García López dice que su abuelo Ricardo López creía que el dinero había sido la razón para ejecutarlas y coincide en la responsabilidad de uno de sus hijos, y aseguró que su primogénito, Rodrigo García, tenía un pendiente con Villa pues debió entregar unos lingotes de oro y plata que tiempo atrás le había dado a guardar. Como un acto de complicidad, Francisco Villa solía obligar a la gente a que le ocultara lo robado. No obstante, al suponer que Rodrigo había huido a la capital del estado con el cargamento, estalló de coraje, y durante toda la noche se desquitó con las inofensivas mujeres a las que torturó y quemó vivas con petróleo.
Hay testimonios que atribuyen la ira de Villa a que la señorita Luz García rechazó sus proposiciones amorosas. Elva García recuerda que cuando a Villa “le gustaba una mujer, simplemente se la llevaba, pero se enojaba si lo rechazaban” y cuando “le puso el ojo” a la señorita García, ésta contestó en muy malos términos: “me voy mejor con un perro que con un pelado como usted.” Desatada su furia, Villa ordenó quemarlas.
En realidad, carece de importancia el motivo que Villa pudo encontrar para ordenar un asesinato de tal vileza. Lo importante es que dos mujeres indefensas, después de ser sometidas a espantosas torturas, fueron ejecutadas en su casa en Valle de Olivos, y que aún hoy perdura aquel terrible crimen en la memoria de los pobladores, que concuerdan en que “Villa era un desgraciado.”
FUENTE:

Reidezel Mendoza S., “Crímenes de Francisco Villa. Testimonios”, Independently published, primera reimpresión, Chihuahua, 2020.








