M.H. Reidezel Mendoza
Después de sus infructuosos ataques a la ciudad de Chihuahua, los primeros días de noviembre de 1913, Francisco Villa resolvió fingir una retirada general de sus tropas, dejando en Rancho Ávalos (siete kilómetros al sureste de la capital del estado) a 500 hombres al mando del profesor Manuel Chao como línea de amago. El gobernador y comandante militar, general Salvador R. Mercado, recibió noticias de que Villa se había embarcado en Estación Mápula rumbo al sur, lo que era falso, y ordenó que un tren militar saliera a Ciudad Juárez con tropas del 23º Batallón como refuerzo para la guarnición de la plaza.
Aparentemente también se autorizó la salida de un tren cargado con carbón de hulla de la American Smelting a su fundición de Ávalos que se encontraba detenido en la frontera. Según el cónsul Diebold, había sido el general Mercado el que consintió la salida del tren de carbón, sin embargo, éste último afirmó que el superintendente del Ferrocarril de apellido Melville había enviado sin autorización “circunstancialmente o a propósito” el tren de carbón para que los rebeldes lo capturaran. Como haya sido, Villa se enteró del movimiento de trenes y, el jueves 14 de noviembre, se apoderó del convoy con 12 carros vacíos y 10 góndolas con carbón, remolcado por la máquina 511, que se había detenido en Estación Moctezuma, no obstante, según las memorias de Villa, el tren había sido capturado en Estación Terrazas.

Villa ordenó a su telegrafista Carlos Moreno que pidiera autorización al jefe de despachadores en la frontera para continuar el viaje del tren fingiendo ser el que transportaba al 23º Batallón; descargó el carbón, montó a su gente en las góndolas y a la caballada en los furgones y emprendió la marcha a Juárez. Antes de llegar a cada estación sobre el camino, la máquina y la carbonera se desprendían y entraban solas; el jefe de estación era sustituido por el telegrafista de Villa y se remitía el mensaje de “sin novedad” por el alambre a Ciudad Juárez.
A las dos y media de la mañana del sábado 15 de noviembre, una fuerza de dos mil 500 hombres al mando de Villa arribó a Ciudad Juárez en un tren y sorprendió a la pequeña guarnición, que apenas llegaba a los 350 elementos dispersos, integrada por fracciones de tropas federales del 15º y 23º Batallón; fuerzas irregulares y auxiliares compuestas por los Carabineros del Río Bravo, Cuerpo Auxiliar Federal de Agua Prieta, Quinto Cuerpo Explorador, Tiradores de Galeana, Guerrilla Tamborrel, Regimiento Ojinaga, Gendarmería Fiscal y Municipal. El asalto fue inesperado, pues se creía que Villa merodeaba los contornos de la capital del estado que había intentado tomar sin éxito. Tan desprevenida estaba la guarnición que los revolucionarios entraron hasta el centro de la ciudad sin disparar un solo tiro; cuando los defensores se dieron cuenta de su presencia intentaron rechazarlos pero fue imposible, pues los superaban en número. En un principio, el general Francisco Castro, jefe de las Armas, había creído que se trataba de tropas del general José Inés Salazar o del 23º Batallón de Infantería que le había anunciado la Jefatura de la Segunda Zona que llegaría ese misma madrugada como refuerzo.

Según los reportes de los funcionarios federales y locales que laboraban en Ciudad Juárez y que fueron recopilados por Miguel E. Diebold, cónsul mexicano en El Paso, la máquina 511 apenas se detuvo para que bajaran Villa y su Estado Mayor con los elementos de su resguardo y el destinado a la estación, continuando su marcha hasta desembarcar al grueso de la fuerza a un lado del edificio de la Aduana fronteriza, de la que se apoderaron inmediatamente. Enseguida, dichas tropas marcharon a los puentes internacionales del Ferrocarril, de la Santa Fe y el de la Stanton que lo flanqueaban para asegurarlos, y desde allí atacaron el edificio de la Jefatura de Armas en la Avenida Lerdo.
Una gruesa partida villista al mando de Eugenio Aguirre Benavides y de José E. Rodríguez se dividió en dos fracciones, y la primera de ellas entró por el oriente sitiando el jacalón que albergaba la casa de juegos de los señores Touché y Hazan, y el Hotel Tívoli; la segunda fracción penetró por el norte de la estación y llegó hasta la casa de juegos de los señores Cortina y Cruz, situada sobre la Avenida del Comercio. Los rebeldes se apoderaron de los fondos de las casas de juego que ascendían a casi 50 mil dólares. Por el poniente, los rebeldes al mando de Maclovio Herrera atacaron el Cuartel del 15º Batallón, el Hospital Civil, el Palacio Municipal y la Cárcel Pública, donde simultáneamente comenzó el fuego.

Después de apoderarse de la Jefatura Política, la Cárcel Pública, las garitas de la Avenida Juárez y de la Avenida Lerdo, los rebeldes continuaron el ataque por el rumbo del Cuartel, donde algunos soldados hicieron resistencia, confundiéndose los estallidos de las bombas de dinamita de los revolucionarios con los disparos del cañón federal. El fuego cesó como a las tres y media de la mañana. Según el inspector de Correos, los revolucionarios marcharon por las principales avenidas, acompañados por la banda militar del 15º Regimiento que fue hecha prisionera y obligada a tocar diana, llegando hasta la iglesia parroquial, donde echaron al vuelo las campanas en señal de triunfo.
Cerca de las seis de la mañana se volvió a escuchar un intenso tiroteo por el rumbo del Hipódromo, al oriente de la ciudad, donde una fracción de las fuerzas del gobierno que habían logrado reagruparse hizo fuego a los villistas, pero fue dispersada.

La tarde del mismo sábado iniciaron las ejecuciones sumarias de los prisioneros ordenadas por Villa siendo las primeras víctimas el coronel orozquista Enrique Portillo Maese, el coronel Agustín Cortinas, los capitanes José Torres y R. Benavides, el subteniente Pablo Ríos y otro oficial cuyo nombre se ignora. El domingo continuó la matanza, siendo fusilados el capitán Ricardo Contreras, el jefe de Policía Juan Córdoba, su subalterno Pablo Ibave y un particular. Las ejecuciones se llevaron a cabo en el cementerio municipal (actualmente conocido como de la Chaveña), encabezadas por el guardaespaldas de Villa, Miguel Baca Valles, a quien apodaban “el Matancero”, estando presente en ellas la señora Ibave que imploró el perdón para su esposo sin conseguirlo. Un escuadrón de 14 de los federales prisioneros fue llevado al panteón para cavar las tumbas de 89 de sus compañeros muertos durante el combate y como uno de los que lo formaban creyó que iban a ser fusilados, trató de huir, pero fue asesinado por sus custodios.
El artillero Marcial Rosales, que se encontraba en el Cuartel del 15º Batallón, presenció el fusilamiento:
“[…] de un sargento 2º y uno de los voluntarios del Cuerpo de Tiradores de Galeana, que comandaba Juan Hidalgo, un paisano de los villistas que era capitán y que había desertado de entre ellos en Torreón; al día siguiente, 16, fusilaron juntos al capitán Rutilo Becerra, al teniente de Artillería Félix B. Cuevas, al teniente Juan Cuadra, del 15º Batallón, y a un particular como de 20 años. A las 10 de la mañana del mismo día, fusilaron al coronel Enrique Portillo y a dos paisanos, uno de ellos empleado, y el domingo siguiente, día 17, fusilaron a otros dos paisanos […]”

Las ejecuciones continuaron los siguientes días. La prensa de El Paso reportó que Villa, como era su costumbre después de cada combate, fusiló a 74 prisioneros. El guerrillero lo negó: sólo se mataba a irregulares y no quiso aclarar si había soldados de línea entre los ejecutados. El oficial villista Darío W. Silva aseguró que el número de víctimas había superado los 200 entre civiles y militares. Los miembros de los Cuerpos de voluntarios, civiles, orozquistas y oficiales del ejército federal fueron asesinados en el panteón municipal. El senador estadounidense Thomas B. Catron, representante de Nuevo México, conferenció con Villa el domingo siguiente y le pidió que no continuara la matanza que había emprendido tras la caída de la plaza. Catron declaró a la prensa:
“Le dije a Villa que nuestro gobierno estaba obrando de manera muy favorable a la causa rebelde, y que en mi opinión las ejecuciones causarían mala impresión en Washington y que probablemente retardarían el reconocimiento de la beligerancia a los rebeldes por parte de Estados Unidos. Él no me aseguró que dejaría de seguir fusilando, sino que dijo que tal cosa era necesaria y así cumplía con los deberes que tenía para con el país y con las órdenes recibidas de sus superiores.”
Del Cuartel del 15 los villistas extrajeron 12 cajas de mil cartuchos cada una incluyendo el parque suelto encontrado en el depósito de cananas, dos cañones (uno inutilizado), cuatro cofres con 32 granadas y otro cofre con siete, dos ametralladoras (una inservible); 38 acémilas, un caballo, mil sacos, toda la ropa del mismo depósito, 300 vestidos amarillos, camisas, calzoncillos, zapatos, guantes, sacos de ración y máquinas de escribir. Algunos visitantes estadounidenses se apoderaron también de varias prendas militares, de marrazos, cornetas, cordones, charreteras, entre otras cosas.
El lunes 17, Villa se apoderó de 10 mil pesos de los dos bancos que funcionaban en Ciudad Juárez y ofreció reintegrarlos al “triunfo de la causa”, lo que nunca sucedió. El jefe rebelde también extrajo 800 pesos de la caja fuerte de la Aduana Fronteriza; tres mil pesos en efectivo y 20 mil en estampillas de la Administración del Timbre; 517 pesos de la caja de la Gendarmería Fiscal; 800 pesos de la Recaudación de Rentas y dos mil que habían sido depositados en la Agencia del Banco Minero. También recogió los valores y varias cantidades en efectivo que estaban en el Juzgado de Letras y que era cuerpo de delito y depósitos que estaban pendientes de devolverse a sus respectivos dueños; de la Tesorería Municipal robó siete mil 943.50 y dos mil en documentos; de la Oficina de Telégrafos, 600 pesos y de la Pagaduría del 15º Batallón, 165 pesos. De todas las oficinas se perdieron los documentos, valores, muebles, libros y archivos, y sólo la Administración de Correos pudo entregar al Consulado siete mil 570 pesos de reembolsos, 871 que estaban depositados en el First National Bank de El Paso y con lo cual pagó a sus empleados.
Las ejecuciones clandestinas y el saqueo bienes de las oficinas de gobierno y de particulares continuaron varias semanas, hasta que las fuerzas villistas marcharon al sur de la ciudad para combatir a las tropas comandadas por el general José Inés Salazar en Estación Tierra Blanca, el 24 de noviembre de 1913, y posteriormente se apoderaron de la capital del estado.
FUENTES:
- Amparo Rubio de De Ita (Comp.), La Revolución triunfante: memorias del general de División Guillermo Rubio Navarrete, Libros en Red, 2006.
- Archivo Histórico Militar de la SEDENA, informe del inspector encargado Miguel E. Diebold al secretario de Guerra y Marina. El Paso, Texas, noviembre 25 de 1913. Servicio Consular Mexicano. Consulado en El Paso, Texas. “Informe sobre la toma de Ciudad Juárez por los rebeldes”, Núm. 887, ff. 564-573.
- Felipe Colomo Castro, “Fuego amigo en el Ejército Porfirista. Anecdotario del general Francisco Castro”, Textos de la Nueva Vizcaya No. 12, UACJ, Chihuahua, 2008.
- Guadalupe y Rosa Helia Villa, Pancho Villa. Retrato Autobiográfico, 1894-1914, Taurus, México, 2010.
- Reidezel Mendoza Soriano, Crímenes de Francisco Villa. Testimonios, CreateSpace Independent Publishing, Segunda Edición, 2020.
- Reportajes de El Paso Morning Times, El Paso Herald, La Prensa, La Patria (1913).
- Salvador R. Mercado, Revelaciones Históricas, Las Cruces, 1916.








