Historias de terror: La sierra Tarahumara infestada de narcos

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Red libre periodismo / diario19.com

 

Los paisajes que rodean a Guachochi, uno de los principales municipios de la Sierra Tarahumara, son majestuosos, imponentes. Sus habitantes en su mayoría indígenas de raza rarámuri, han logrado atraer turistas de todo el mundo para eventos deportivos y culturales, pero entre estos, se tejen historias de terror que las autoridades se aferran en ocultar.

En Norogachi, localizado a unos 40 minutos de la cabecera municipal, vive la gobernadora indígena María Marcelina Bustillos Romero,  la primera rarámuri que “jugó” por la diputación de aquella región, por el Partido Acción Nacional (PAN).

Para entrar  a su casa es necesario esperar afuera, como en las viviendas de todos ellos. Hay que esperar hasta que un perro avise que hay invitados o cuando los habitantes se den cuenta de la presencia de los visitantes. Para ellos es sagrado el respeto a su privacidad.

Ante un paisaje verde por las constantes lluvias que se han registrado después de cinco años, el cielo da un espectáculo al atardecer, mientras llega Marcelina.

En el costado del patio de su casa  su casa, hay un rectángulo de cemento con varios hoyos pequeños en cada esquina. Hacia ese rectángulo, llega por un extremo, concentrado y con la mirada puesta en aquel recuadro, don Antonio de más de 60 años, quien ya esperaba a otro invitado.

Detrás de él llega Silvino, un hombre más joven.

Ahí juegan al “Quince”, un juego tradicional rarámuri parecido a las damas chinas, pero al aire libre y con gran espacio. En lugar de canicas usan piedras blancas o rojas naturales. “Mova qua (quince), marique (cinco), dicen mientras juegan y los invitados apuestan a uno o a otro.

Los domingos se concentran hasta 40 personas,  los hombres son quienes juegan. Ahí nadie ingiere bebidas, todos juegan y apuestan pocas monedas o ropa. Antes también apostaban animales, pero ahora ya no. Pueden durar horas.

“Los domingos llegan de todas las comunidades, hay unos que hacen hasta cuatro o seis horas para venir a misa y luego se vienen a jugar”, dice Servando.

Antonio es de pocas palabras, cuando juega se concentra y no habla.

Esa comunidad, Norogachi, se ubica entre la cabecera municipal y la salida hacia Nonoava, llega hasta Sonora. Es un ruta privilegiada para el crimen organizado y por supuesto, para reclutar a adolescentes. La mayoría de la población es indígena.

Norogachi es tradicional por sus fiestas tindígenas. Turistas y ciudadanos de todo el estado, acuden en Semana Santa para disfrutar sus ritos.

“La sierra cambió. Desde hace como tres años y durante un rato, aquí estaba bien feo. Había mucho narco de fuera, no eran de aquí y estaban involucrando a muchachos y andaban muchachas también. Se veían todavía que pasaban los malos por ahí”, recordaría Marcelina una vez que llegó a su casa, al tiempo que señalaba los cerros que rodean el poblado.

GUACHOCHI: GERMEN DE CRÍMENES DE Y POR JÓVENES

“Estoy triste Martín. Mi hija se metió con la gente mala y ahí anda con ellos”, relata Martín Chávez Ramírez, un rarámuri que dejó su tierra en la sierra para dedicarse a promover la cultura en la que nació.

Aquella muchacha que se fue con la “gente mala”, es una adolescente de 17 años, también tarahumara, de una comunidad del municipio de Guachochi.

Cuando tenía 15 años, estudiaba. Martín la conoció hace dos años en una plática que él dio a la gente rarámuri en Basíhuare. “Yo decía: ‘esta niña tiene buena cabeza y va a llegar a cierto lugar, a cierto punto de sus aprendizajes, como mujer, como muchacha, y resulta que este año su papá me dio la noticia tristemente”, dice Martín.

Asegura que la joven fue raptada a la fuerza por un grupo delictivo que opera en Guachochi, pero ahora anda con ellos por propia volunad. “Anda con armas. El papá la vio metida en esos lugares, andaba ahí con ellos de pareja de uno, andaba armada y me decía: ‘¿qué voy a hacer Martín?’. Hay mucho adolescente indígena que está siendo usado”.

Mestizos o indígenas, los adolescentes y jóvenes de la Sierra Tarahumara son víctimas o victimarios del crimen organizado.

La gente le atribuye la grave problemática que lacera a poblaciones completas, a la falta de oportunidades académicas y laborales, aunque para los ancianos rarámuri, en el caso de los indígenas jóvenes, se debe a que se han apartado de su esencia, ya no viven en armonía con la naturaleza.

El municipio de Guachochi fue calificado durante el primer trimestre de este año, como el tercero más violento del mundo, el quinto fue Guadalupe y Calvo.

En primer lugar se ubicó San Pedro Sula en Honduras y en segundo Acapulco, municipio del estado de Guerrero, de acuerdo con el “Informe de incidencia delictiva del estado” del Observatorio Ciudadano de Chihuahua.

De acuerdo con las cifras, basadas en el Sistema Nacional de Seguridad Pública, el observatorio informó que Guachochi tuvo una tasa de 133 homicidios por cada 100 mil habitantes, mientras que San Pedro Sula registró 169.3 y Acapulco 142.88.

En cuarto lugar se colocó Caracas, capital de Venezuela con una tasa de 118.89 homicidios por cada cien mil habitantes y en quinto lugar, Guadalupe y Calvo con una tasa de 116.6.
Y es que en Guachochi, los hogares enlutados son constantes. Las madres de familia cuyos hijos se han involucrado voluntaria o involuntariamente con la delincuencia organizada, sólo se aferran a Dios para poder sobrevivir con su pena, ante la falta de actuación del Estado.

Hay adolescentes y jóvenes  que se han mantenido al margen de las actividades ilícitas pero también han sido víctimas del crimen organizado. El juvenicidio se ha apoderado de la Sierra Tarahumara, advierten.

Incluso, algunos encargados de albergues indígenas y mestizos, señalan que se han encontrado a jóvenes que fueron usuarios, en narcoretenes y cuando los jóvenes los ven y los reconocen,  los dejan ir, algunos sólo agachan la cabez.

“Yo les tengo más miedo a los jóvenes y a los adolescentes que a los más grandes, son más impulsivos”, sostiene uno de los promotores de albergues.

Desde hace tres años,  las funerarias de Guachochi, han sido testigos de gritos dolorosos de madres de familia. “Te lo dije, te lo dije, que te portaras bien, tonto”, gritaba una señora hace tres años al féretro de su hijo, recuerda una vecina de la familia.

En abril pasado, asesinaron a dos jóvenes y los dejaron en el basurero municipal de Guachochi. Se conoció que uno de ellos tuvo contacto con un grupo delictivo y lo asesinaron, hasta ahora las autoridades no han dado información a la familia sobre el móvil y menos hay detenidos.

La familia tuvo que huir de Guachochi, con integrantes pequeños y grandes. Debido a que no tenían cómo vivir ni sobrevivir, la madre de uno de ellos decidió encarar a los enemigos de su hijo para pedirles que no le hicieran daño a la familia, pues su hijo ya estaba muerto. Regresaron al pueblo.

En el mismo poblado de Guachochi, indica otra señora que es comerciante, hay por lo menos dos mamás que han optado que sus hijos “hagan y deshagan”, y ellas sólo se los encomiendan a Dios, no hay más.

“Hay mamás que cuando detienen a los hijos, descansan, porque prefieren verlos en la cárcel”, cuenta.

“Hay chicas también, que se involucran directa o indirectamente. Se hacen novias de los narcos. A unas se las llevan a fuerzas y  otras se van porque les gusta, es parte de la cultura, se enorgullecen de ser novias de los narcos”, explica la empresaria.

Y precisamente las mujeres que se involucran, son las más vulnerables, porque las utilizan como servicio sexual o bien, el grupo contrario se ensaña con ellas para vengarse de sus novios.

“Cuando ellos hacen algo mal dentro del grupo, las matan, porque piensan que ellas saben mucho. Hace unos años, mataron a la novia de un narco. Primero lo mataron a él en los semáforos del pueblo a la vista de todos, y a los pocos días la secuestraron. A los quince días apareció su cuerpo  en estado de descomposición en unos barrancos rumbo a Creel”, relata otro vecino de Guachochi.

Recuerdan el caso de otra joven, hija de un narco que estaba separado de su esposa. A la hija se la llevaron en su mismo vehículo y la mataron, luego la arrojaron en un barranco con el carro, en la carretera a Creel, cerca del poblado de Humira.

“Hay una familia que le han ido matando a varios integrantes. Primero fue un hijo hace como cinco años, luego fue otro hijo a los dos años y hace poco mataron al papá, en la puerta de su casa, aquí en el centro de Guachochi”.

Otra niña fue víctima de hombres armados. Se llamaba Diana Bustillos Vázquez, tenía 10 años y vivía con su familia en la comunidad indígena de Sepotachi, del mismo municipio.

Un día, cuando pasaba unos días con su abuela Rosario Cruz, en la comunidad de El Frayle, fue violada y asesinada.

Unos hombres armados, que tomaban cerca de una presa cerca del pueblo, les  pidieron a dos indígenas que le hablaran a la niña y la dejaran con ellos. Así lo hicieron.
La niña fue encontrada en el lugar, sin órganos genitales y rellena con papel sanitario.

El caso fue poco conocido, no trascendió a los medios. La denuncia la pusieron ante Seguridad Pública Municipal y hasta ahora no les han informado nada a los familiares.

Como presunto responsable se encuentra detenido Pablo Ceballos, pero la abuela asegura que no fue él el culpable, porque fueron varios mestizos.

Sólo se animan a hablar sin exhibir su nombre. Aún durante el Ultramaratón de los Cañones, que concentra a cientos de turistas, el ambiente entre los habitantes fue de inseguridad ala que ya se acostumbraron. Les dio tranquilidad que durante ese fin de semana se incrementó la vigilancia.

Indican que los narcotraficantes no descansan, incluso estuvieron en los puestos de control de los atletas, a lo largo de la barranca La Sinforosa, vigilando.

EL CHAPO CONTROLA EL TERRITORIO: POBLADORES

En el 2008, cuando mataron al jefe del cártel de Juárez que operaba en la región, se desató la violencia en Guachochi, coinciden habitantes del municipio.

Aquel año fue de terror, indican. Ahora, el control lo tiene la gente del cártel de Sinaloa, y así lo hacen saber a los habitantes.

El cártel de Juárez extorsionaba a todos, hasta a los vendedores ambulantes y artesanos indígenas de la plaza.

Cuando llegaron los del cártel de Sinaloa, se presentaron con los habitantes y les aseguraron que no los iban a molestar con cuotas, y si alguien los molestaba, les podían decir a ellos para que los “ajusticiara”. Nadie se atrevió a delatar.

A partir de aquel año, se intensificó el reclutamiento de adolescentes y jóvenes, a la fuerza o de manera voluntaria, en diferentes comunidades, indígenas y mestizos.

LAS CIFRAS

En el 2007, Guachochi registró 18 homicidios dolosos, para el 2008 incrementó a 34, sólo de los que la autoridad tiene conocimiento, ya que es común que por la geografía y terrenos intrincados,  ocultan o abandonan cuerpos que no se localizan con facilidad.

En el 2009, la cantidad de homicidios fue casi el triple, reportaron 100 y en el 2010 fueron 104, de acuerdo con las cifras del Sistema Informex.

En el 2011 bajaron los homicidios dolosos a 88, pero en el 2012 superó la cifra a la de todos los años, fueron 142. En total, asesinaron en cinco años, a 440 personas, 46 eran mujeres.

Sin embargo, la cifra se eleva, porque la Fiscalía General del Estado contabiliza los hechos no a las víctimas, es decir, en cada hecho  pudo haber más de un cuerpo. La cifra supera los 500 homicidios dolosos.

Este año, 2013, el Observatorio Ciudadano de Prevención, Seguridad y Justicia, dio a conocer que Guachochi, junto con Guadalupe y Calvo, superaron la tasa por cada cien mil habitantes, a la de Juárez y la capital.

En Guachochi, la tasa fue de 136 por cada cien mil habitantes durante el 2012, y durante los primeros cinco meses de este año, la tasa fue de 122.

Un recuento periodístico, revela que de enero a julio, han asesinado a alrededor de 60 personas en el municipio de Guachochi, de manera violenta.

Además, el Observatorio alertó que los secuestros han incrementado un 41 por ciento en nueve municipios, incluido Guachochi.

En cuanto a los lugares de origen de las víctimas que han matado en Guachochi desde el 2007 a la fecha, la mayoría son de la sierra, principalmente de ese mismo municipio, aunque los habitantes aseguran que el grupo que llegó a reclutar adolescentes, es originario de Sonora.

“Se distinguen fácil, porque la mayoría trae una mariconera donde carga su pistola y otros instrumentos con los que trabajan”.

La mayoría de las víctimas eran agricultoras o jornaleros, ha habido amas de casa, comerciantes en menor número y estudiantes, indican las cifras del sistema de transparencia Infomex.

En el 2012, había 120 casos en investigación –sin detenido- , sólo 9 en investigación judicializada, 4 habían pasado por vinculación a proceso, 8 juicios abreviados (juicios rápidos en los que el imputado se declara culpable para obtener un beneficio con menor condena) y una sentencia condenatoria.

MARCELINA NO HIZO CAMPAÑA EN GUADALUPE Y CALVO, PORQUE FUE AMENAZADA.

Marcelina Bustillos tiene 39 años, es madre de un hijo de 14 años. Vive en Norogachi, con su esposo y otra parte de la familia.

Nació en Chichimochi, comunidad también ubicada en Guachochi, donde vivió con sus papás y dos hermanos hasta los 7 años. La mayor influencia que tuvo, fue la de su abuelo, Bautista Romero.

Sentada en una de las sillas de la cocina, habla con voz firme y gruesa. Atrás de ella está una estufa de gas con una calcamonía grande con su rostro, el logotipo del PAN rodeado de la palabra Guachochi y Distrito XXI, por el que contendió. Aunque ella prefiere y presume su estufa de leña.

Desde ahí, cuenta que su abuelo ayudaba a mucha gente. “Así crecí. Era curandero, siempre tenía gente, todos los días en su casa. Decía que yo tenía que apoyar a la gente, que no tenía que ser engreída ni así, presumida. Tenía que estar siempre a favor de la gente”.

Cuenta que en aquel tiempo, la formación era dura. La situación era crítica y los grandes daban consejos duros, de trabajo muy duro. “Decían que teníamos que ser derechos, que quedaran las cosas bien hechas, que no hicieran trabajo que no fuera correcto. Así trabajaba mi abuelo y yo así escuchaba cuando le daba consejos a la gente de la comunidad. Todos trabajaban, no había violencia”.

Bautista Romero tenía tierras y animales. “Machucaba fierro, todos lo procuraban ahí, llegaban con él y yo crecí viendo el trabajo de él”.

En la mente de Marcelina, quedaron las tardes privilegiadas por el paisaje y pos las enseñanzas, en las que su abuelo le daba consejos, como los ancianos de su raza.

“Me decía: ‘algún día vas a llegar también por ahí a ayudar a la gente’ y yo le dije ‘no, yo cuándo voy a llegar, yo creo que ni voy a llegar’, decía yo. Y nada que después me vine a la escuela para acá”.

Estudió la primaria en Norogachi en un internado. Cada quince días iba a su casa para visitar a sus papás, de quieres aprendió a trabajar. “Pero sólo mi abuelo me daba consejo”.

La secundaria también la estudió en Norogachi al mismo tiempo que trabajaba en la costura o en actividades artísticas.

Al concluir, comenzó a trabajar como promotora de salud y le gustó. Al principio pesaba a los niños, luego aprendió a vacunar y visitaba comunidades para atender a la gente grande.

Inició a trabajar cuando tenía 13 años y posteriormente ingresó al hospital particular de Norogachi. “Ahí inyectaba, era traductora, promotora, salía a las comunidades”.

Luego se fue a estudiar a Sisoguichi porque quería “aprender un poquito más”. Es auxiliar de enfermería y actualmente trabaja en el hospital particular de las monjas, aunque suspendió sus actividades durante su campaña, está a punto de regresar al nosocomio.

Marcelina es gobernadora rarámuri. “Me agarraron porque veían cómo trabajaba y ayudaba a la gente. Antes participaba con los gobernadores y no sabía tampoco nada de eso, y como aquí todos los domingos se junta la gente, hacen de 6, 4 y 3 horas para llegar a misa, pues ya me conocían”.

A Marcelina no le gusta ver sufrir a su gente, y sufren cuando no siembran y no cosechan, cuando no llueve, cuando el hielo llega temprano y quema todas las cosechas.

Le interesa conocer, para que su gente sepa en qué momento tiene que hacer las cosas, que despierte para que progresen y no batallen por la falta de alimentos, “porque a veces si no sabe uno, no tantea uno”.

Con esa visión, aceptó la invitación de Acción Nacional para ser candidata por su región. El distrito XIX abarca los municipios de Balleza, Batolpias, Morelos, Guadalupe y Calvo y Guachochi.

“Yo quería saber cuáles apoyos había par mi gente, cuáles sí servían y cuáles no. En cada comunidad tiene gobernantes, mandaba avisar que iba para allá y les decía que yo andaba jugando de candidata y pues muchos me conocía y decían: ‘ah pues bueno’, pues me daban ánimo, ‘sí te vamos a apoyar’, me decían. Casi todas las comunidades fui, con compañeros gobernadores”.

Para Marcelina fue un juego, en su sabiduría así lo explicó a su gente: “nunca nos habían invitado, es bonito saber jugar, no siempre va a ganar uno, así me decía mi familia, fueron los que me animaron y me decían: ‘aprende a ganar y aprende a perder’.
La mayoría estaban contentos por lo que yo traía de propuestas”.

Y sus propuestas eran sencillas, como su raza: no perder sus costumbres, no perder la lengua, seguir igual, “porque muchos ya no quieren hablar la lengua, porque maestros no les hablan a sus mismos hijos y se quedan sin hablar, crecen y ya no quieren hablar rarámuri, se van a Chihuahua, tienen familia y se olvidan de hablar”.

Marcelina quería aprender lo que se puede hacer para conservar sus costumbres y crecer en educación y en oportunidades laborales, pero desde su cultura y sus tradiciones.

Con el PAN todo estuvo bien, no se complica, ella se dedicó a jugar apoyada por su gente y aprendió. No descarta competir en otra oportunidad, porque está convencida que desde la política se puede hacer algo por los rarámuri y los indígenas de otras etnias del estado.

Sus planes son continuar en la clínica y aún es gobernadora, quiere que su comunidad siga avanzando.

“La gente me dice: ‘¿pues qué pasó?’ y pues así es, les digo”.

Para Marcelina no es ajena la violencia en la Sierra  Tarahumara y lo palpó aún más durante su campaña.

Recuerda que una vez hubo una balacera arriba, en el 2008, hubo muchos muertos y de ahí ya no ha habido tanto muerto, asegura.

Durante la campaña, en los municipios de Morelos y Batopilas estuvo siempre vigilada por hombres armados, porque así se vigilan allá las comunidades, donde manda el crimen organizado.

“Nos faltó ir a Guadalupe y Calvo. Me mandaron decir que no fuera”, dice con una sonrisa entre dientes.

“Nadie quería que  fuera, les decían a los de allá, los que andaban ahí, este… los malos”.

Para Marcelina, ella y su gente sólo andaban jugando: “entre ellos sí se agarraban muy feo, muy fuerte, pero nosotros nomás andábamos jugando”.

De ese es el tamaño es el reto de la raza tarahumara y de las otras tres étnicas que conviven en la entidad, en la sierra, y que luchan por preservar sus costumbres, en medio de grupos fuertemente armados del crimen organizado.

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