Migración forzada y drogadicción “desconectan” a jóvenes indígenas

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Rodrigo Soberanes / diario19.com

Fotografía de Félix Márquez

Unos jóvenes indígenas veracruzanos viven en barrios bravos de la capital del país y trabajan como albañiles. Otros -de su misma región- viven encerrados y desnudos en su comunidad de la sierra desde hace años. Unos consumen inhalantes y otros ya lo hicieron y lo pagaron con su salud mental.

En Xocotla, municipio de Coscomatepec, los niños no se esconden para drogarse porque es una práctica común que se hace a la luz del día. Algunos prefieren inhalar pinturas para uñas y otros, los pegamentos que traen los que vuelven de la ciudad de México a donde fueron a trabajar en construcciones.
Esa comunidad, con más de 10 mil habitantes, es la más poblada de su municipio, y sus autoridades calculan que al menos el 30 por ciento de los menores de edad, son adictos a los inhalantes y no tienen ninguna atención médica de las autoridades.
“Aquí la drogadicción ha aumentado. Los jóvenes de 10 a 15 años se drogan en cualquier punto del pueblo. Los inhalantes que más consumen son thinner, latas de pegamento de tubos PVC que traen los jóvenes mayores y les venden a los pequeños”, dijo Teodomiro Cruz Ojeda, agente municipal de Xocotla.
Constructoras de la ciudad de México encuentran mano de obra barata en las regiones indígenas centrales de Veracruz llevándose a menores de edad a trabajar en sus obras.Son trasladados a zonas marginales a vivir en departamentos de bajo costo en grupos de cuatro o cinco jóvenes. Allá ganan entre 1,000 y 1,200 pesos a la semana, mientras que en su comunidad no percibirían más de 500 pesos.
“Viven a tres horas del lugar de trabajo casi siempre o si no, en `campamentos´ o casas rentadas, pero nunca por la constructoras sino por el contratista y él los explota”, dijo el activista Arael Morales a Jornada Veracruz.En esos barrios, y con esas condiciones, ellos laboran, crecen, se divierten y se drogan.Dos jóvenes de Coscomatepec que emigraron a la ciudad de México para trabajar en la construcción, contaron que saben de las consecuencias de consumir inhalantes, pero que sus razones para hacerlo son más fuertes.”Es para darse valor y pasar el rato. Sabemos que podemos quedar locos”, dijeron los jóvenes veracruzanos.

“Los barrios donde rentan están pesados y ellos pues le tienen que entrar al desmadre para ser aceptados”, dice Arael Morales, también allegado al sector de la construcción en la ciudad de México.

El regreso

Los botes de inhalantes son llevados a Xocotla y vendidos entre los niños y jóvenes, dando como resultado -por ejemplo- peleas campales entre jóvenes armados con piedras y otras armas improvisadas, e incluso un incendio causado por un joven bajo los influjos de los inhalantes.

“La semana pasada un joven le prendió fuego a una vivienda y la verdad fue pérdida total. Nada más por un problemita que tuvo con su tío. No pudo desquitarse con él a pegarle, lo espió a que él no estuviera y le prendió fuego a su vivienda”, contó el agente municipal a este diario.

Leonardo Tiburcio Amaro, habitante de Xocotla, es padre de un adolescente que cayó en los inhalantes en la ciudad de México y pasó cinco meses preso. Él contó su experiencia y cómo las adicciones han confinado a los jóvenes a vivir en condiciones inhumanas.

“Es triste cuando nosotros como padres de familia vivimos esa experiencia. Aquí en la comunidad muchos ya están desconectados, ya tienen que llevar un tratamiento especial. Es un tratamiento muy caro y aquí se vive al día”, lamentó Tiburcio.

Modesta Chávez Rosas tiene un hijo de 19 años que vive encerrado en un cuarto de madera y hasta hace meses permanecía encadenado para evitar que saliera a la calle y agrediera a las personas.

Ella permitió ver a su hijo y pidió públicamente ayuda a las autoridades para pagar sus tratamiento.

El joven, en efecto, parece estar “desconectado” y lucha para hilar sus ideas y pedir que alguien lo ayude para “curarse” y poder salir de su cuarto, ponerse ropa, tolerar dormir en una cama e interactuar con las demás personas.

Vive en la penumbra, en un cuarto sin ventanas, sin muebles, sin nada. La luz de las rendijas develan su cabello desaliñado, sus rasgos indígenas, su pecho lampiño y la cobija que aceptó a causa del intenso frío que azota la sierra en el invierno.

“Me siento como hormigado. Luego llegan otras personas y me preguntan y yo les digo que no sé lo que tengo”, se escuchó desde su rincón. Y siguió, en voz baja:

“Luego me dicen que haga cosas pero no les hago caso. Me tengo que curar porque tengo que salir. Tengo que buscar la forma de cómo curarme… cómo curarme. El pecho es lo que me duele, aquí” (y se talla el pecho).

“¿Te drogabas?”, le preguntó un conocido suyo.

“No… no, nunca me drogué. Sí me drogaba pero era con las pinturas. El activo sí y las pinturas, pero más el activo (…) Cuando ya estaba yo… ¿cómo se dice? bien feo, bien feo, ya no podía con la loquera.

Nomás veía pura gente, estaba yo bien, nomás cuando me empezaron a dar así cosas como de alocarme, ya no sabía más qué hacer, nomás daba vueltas de acá para allá, como rodando, así, abajo, en el piso”.

“Quiero decirles que me ayuden, que ya estaría curado y ya no necesitaría yo más”, pidió el adolescente, que pese a no recibir medicamentos, su comportamiento le ha valido que le retiren las cadenas que lo ataban a la pared.

Doña Modesta perdió a su esposo el 5 de julio pasado. Está sumida en el dolor y el desamparo. Ella y su hijo son uno de los rostros de la pobreza de Veracruz.

“Quisiéramos que alguien nos ayudara para el enfermo que ya tardó amarrado ahí, que lo llevaran a una rehabilitación porque yo ya sola qué cosa voy a poder hacer”, pidió la mujer, con el cuarto de su hijo a sus espaldas.

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