Comentarios de Darío Oscar Sánchez Reyes sobre el libro «Ni presidio ni misión. Historia de la capilla de San José de Paso del Norte», de Paola Juárez y Reidezel Mendoza

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Comentarios al libro Ni presidio ni misión. Historia de la capilla de San José de Paso del Norte, de Paola Juárez y Reidezel Mendoza

 

Darío Oscar Sánchez Reyes

 

Gracias a Paola y a Reidezel en nombre de los juarenses que nos apasiona la historia local, por haber tomado con seriedad y rigor este tema que se encontraba tratado de manera muy superficial y asumiendo una serie de errores e inconsistencias que por fin fueron aclaradas debidamente en este libro.

En primer lugar, sobre la portada del libro, debo destacar el acierto de haber tomado esta foto que aparece en una tarjeta postal turística de 1901, ya que había quienes dudaban que se tratara de la capilla de San José al apreciarla en lo que pudo ser su fachada original, un poco distinta de la actual. En ésta se aprecia la sencillez, pero elegancia a la vez, de la muy nuestra arquitectura de adobe regional en el siglo XIX: las formas rústicas de adornar que permite el adobe y que se fueron perdiendo con el tiempo desafortunadamente. Aquí se aprecian las características bardas de adobe de media altura que permiten ver hacia adentro (las famosas “divisiones” de la canción popular del “Paso del Norte”, según conjetura mía) que formaban el paisaje rural y semiurbano de los antiguos partidos agrícolas. Aquí podemos ver cómo los antiguos paseños en línea con la tradición del Nuevo México territorial se permitían elaborar pórticos altos en las medias bardas utilizando el escalonado de adobes enmarcando a los portones de madera. De igual forma en la fachada de la capilla vemos el escalonado para formar remates laterales y un frontón que redondea el campanario central, mismo que bien pudo estar desde un inicio construido con ladrillo en la parte superior de los arcos, tal cual se puede ver ahora.  En el entorno de la capilla, se ve claramente al fondo nuestros conocidos cerros y la línea de árboles bordeando la acequia “del pueblo” así como los campos de cultivo que la rodeaban. Es probable que esta foto se haya tomado desde la barda o azotea de la casa de enfrente que sabemos ahora, gracias al libro, que era la de sus propietarios y fundadores los Señores Díaz Azcarate.

En fin, se trata de la imagen quizás más antigua que conocemos de esta capilla y es un acierto que se reconozca como tal ya sin dudarlo. Sobre todo, cuando ésta nos acerca un poco a la arquitectura vernácula que nos caracterizó por tanto tiempo y de la cual pareciera que nos avergonzamos al entrar con fuerza la modernidad urbana al Juárez posrevolucionario que borró toda huella, como se puede ver precisamente en la capilla de San José de las fotos posteriores ya sin barda y con líneas rectas en su fachada.

Retomo: la historia de la capilla de San José ya merecía un estudio como el de Paola y Reidezel, sólidamente documentado en fuentes primarias investigadas en archivos que suelen citarse pocas veces por los estudiosos de la historia juarense como es el caso del archivo de la mitra de Durango e incluso el de la mitra de Chihuahua. Es curioso, debo decirlo, que los juarenses nos conformemos con versiones históricas con poco sustento cuando existe tanta riqueza por explorar en los archivos que subsisten hasta nuestros días.

Al parecer, el esfuerzo más notable por aclarar el origen de la capilla de San José, anterior al libro, fue realizado por Antonio Ruiz Caballero quien al encargarse del archivo municipal hace una década, pudo inferir que esta no podía ser tan antigua como se decía ya que en documentos locales se atribuía su creación a Inocente Ochoa. Sin embargo, Ruiz Caballero como otros estudiosos de la historia juarense no recurrió a la búsqueda en otros archivos sino que se conformó con el archivo local. Y aquí es donde destaca el esfuerzo de Paola y Reidezel quienes no se conformaron y se atrevieron a buscar en archivos como el de la mitra de Durango donde encontraron los documentos pertinentes para establecer la fundación de la capilla por el matrimonio Diaz Azcarate y su bendición en 1862 por el padre Ramón Ortiz.

    Sobre las demás versiones equivocadas sobre el origen y rango de la capilla es impresionante ver hasta qué grado se pueden distorsionar tanto los hechos del pasado y como se les da carta de validez a versiones tan poco sustentadas o creíbles de escritores que no tuvieron el cuidado debido en investigar a fondo. Claro que hay que decir en su descargo que no vivieron en la era fabulosa del internet que vivimos ahora y ante la falta de acceso a mejores fuentes y las dificultades por la necesidad de buscar en archivos de otras ciudades, hicieron su mejor esfuerzo al menos para sembrarnos las dudas suficientes para obligarnos a las generaciones actuales a resolver estos nudos de explicación de la historia local, como lo logran exitosamente los autores de este libro. 

Abro aquí un paréntesis para tratar el tema de la supuesta visita del presidente Benito Juárez a la capilla de San José que obviamente no se sostiene en cuanto a que él hubiera entrado y dado gracias al interior de esta, por ser conocido que no era persona religiosa. Sin embargo, no podemos descartar que él si haya llegado hasta aquí por el camino real desde Carrizal y alguien de sus guías le haya anunciado el arribo a Paso del Norte precisamente al ver la capilla de San José, que ya existía en 1864, y que esta se encontraba próxima a donde suponemos corría el camino real y que ahora sería la calle conocida como camino viejo a San José, en paralelo a la acequia del pueblo. 

La lectura del texto de Paola y de Reidezel resulta un deleite para quienes nos gusta imbuirnos en el pasado para conocer mejor cómo era la vida de los paseños juarenses de aquella época, ya que recrea de manera muy lograda el contexto histórico de la capilla a partir de su fundación y en los años que vivieron los personajes que la fundaron y que fueron sus propietarios hasta el paso de esta a manos del gobierno federal conforme a las leyes posrevolucionarias. Es un acierto del libro agregar a la capilla la historia del cementerio privado que anexó a ella Inocente Ochoa ya que se volvió una misma historia. De modo que nos acerca a la vida de los padres Ramón Ortiz y Severo Borrajo, así como de las familias Díaz Azcarate, Jáquez, Maese, Ochoa, Samaniego, los Daguerre. En fin.

Un acierto también, narrar la historia de los primeros camposantos de Juárez como contexto en el cual surge el de San José, de modo que lo que podía ser solo una monografía centrada en la capilla se convirtió realmente en una microhistoria disfrutable de una época de Juárez y un legado cultural.  

Algo que valorar del libro es también la cita de otras nuevas fuentes surgidas también del estudio de archivos por investigadores que continúan revelando temas no aclarados del pasado de Ciudad Juárez como es el origen de la dispersión de los asentamientos de población y los métodos de construcción de tierra, entre otros. Me sorprendió gratamente encontrar nuevas investigaciones auspiciadas por la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez sobre estos temas donde Francisco Ochoa ha participado directamente y que enriquecen nuestro conocimiento.

Es de reconocerse también que los autores hayan planteado la tesis del libro como una definición, si no retadora si “aclaradora”, que apuesta por derribar mitos, al afirmar que la capilla de San José de 1862 no fue ni tuvo que ver nada con el presidio militar de finales del siglo XVII aun cuando compartiera el nombre de San José. Tampoco constituyó una misión franciscana, como dejan en claro los autores al evidenciar que no existe fuente documental alguna como obligadamente debiera existir si es que fuese cierto que los franciscanos hubieran creado ahí una misión. Basta recordar que las misiones religiosas no son únicamente templos sino una institución católica para el adoctrinamiento y enseñanza de poblaciones neófitas, como en el caso de nuestra historia local lo fueron los indios nativos mansos y sumas congregados por Fray García de San Francisco en torno a la misión de Guadalupe cuyo esfuerzo era enorme en trabajo y en términos económicos ya que sus gastos eran costeados por la corona española y en ese sentido toda nueva misión debía ser aprobada por las autoridades y su funcionamiento vigilado de cerca, lo que no ocurre en el caso de San José y por ello los autores válidamente llegan a la conclusión de que no fue una misión ante la ausencia de documentos que lo demuestren.

No obstante, queda el problema de que los juarenses actuales llaman a la capilla como Misión de San José lo que al parecer ya se volvió una costumbre, una situación que resulta difícil de modificar. Incluso en los mapas digitales aparece como tal Misión de San José. En sus conclusiones del libro, los autores hacen un llamado a que la comunidad corrija el error y evite propalar versiones inexactas de la historia. Y coincidimos y secundamos el llamado de los autores a la comunidad juarense.

Sin embargo, nos enfrentamos a una costumbre que parece haber arraigado, con su desventaja de resultar una denominación errónea, pero debemos tener cuidado en no pasar por alto la ventaja de que se reconozca en San José una herencia histórica cultural de la población juarense simplificada en el uso del vocabulario como “misión” aun cuando se trata de un término inexacto. En otras palabras, resulta de cierta manera justificable que en el gran público de Juárez se le otorgue una categoría especial a la capilla de San José al llevarla al rango de Misión como la de Guadalupe, Isleta o Socorro. Ya que lo que realmente se expresa es un reconocimiento al valor histórico de la misma, para diferenciarla de los templos modernos del siglo XX.   

No obstante, su servidor comparte con los autores del libro, la incomodidad de que se siga llamando Misión a San José cuando no lo es, y por tanto me atrevo a plantear sobre la mesa, a la discusión, algunas propuestas de cómo podría quizás corregirse el error sin afectar el legado simbólico que pudiera entrañar el uso del concepto de “misión” como reconocimiento implícito de su valor cultural.

Concretamente, sugiero el título de “Capilla histórica de San José” o algún equivalente que haga referencia clara al valor histórico cultural de la misma y no quede tan simple como “capilla de San José” que pudiera demeritar su valor a los ojos de los juarenses preocupados por destacar los pocos símbolos con que contamos en la Ciudad. De este modo podría tener mejor viabilidad una iniciativa que se exponga ante la Diócesis y el ayuntamiento con la posibilidad de corregir el nombramiento oficialmente. 

 

Gracias y nuevamente felicidades a los autores.

 

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