Por qué los pensamos Vivos, por qué los imaginamos muertos, por qué los buscamos tanto / @cardonamex

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Reflexiones / Luis cardona / @cardonamex

 

El dolor que no conmueve al Estado mexicano con toda esa estructura traumantemente burocrática que rodea las exigencias de justicia, en el caso específico de los parientes de las personas desaparecidas en el País, lleva a buscar por diferentes caminos, una solución que les brinde certeza del paradero de hermanos, hijos, sobrinos, tíos, madres, padres, esposos, concubinas; parientes que por diferentes causas fueron secuestrados y después de un día o quince años, no aparecen.

Cada vez son más los grupos de éste mismo dolor que se forman en territorio mexicano, ideando la forma de tomar la justicia en sus manos ante la evidente inoperancia del autoridades, y respuestas políticas que finalmente no resuelven el destino de la persona sustraída. La desaparición forzada mata en silencio, lentamente a madres, hermanos, padres, hermanas. La angustia se ha tornado coraje. La impotencia; rebeldía. La justicia; causa social.

Reunido con grupo de amigos, unidos por la esperanza de que su lucha los lleve a la creación de un Banco de ADN Nacional que nada tenga que ver con el poder judicial mexicano, más que el cruce de datos, con su “Banco de identificación científico”, en diferentes tonos, con perspectivas en ocasiones encontradas, pero finalmente conciliadas, fui testigo del desapego gubernamental en el problema.

No puede escudarse la PGR de ninguna manera en el discurso de temporalidad y sed de justicia expedita de los familiares de las víctimas, porque si algo ha perdido el procurador Murillo Karam, es precisamente el tiempo. Ese tiempo que por no investigar al momento, lleva a muchas familias a seguir exigiendo justicia luego de quince, diez, cinco o un año de supuestas investigaciones guardadas en archivos muertos.

Estos mexicanos sufren profundamente, se acompañan entre ellos, porque solo ellos, víctimas a la vez de los hechos en que desaparecieron sus parientes, reconocen su dolor y el objetivo de la búsqueda, de su búsqueda, tras el fracaso del mecanismo judicial del que solo reciben explicaciones repetitivas que nada resuelven. Por eso ellos con sus escasos medios, con el apoyo de organizaciones mundiales, intentan poner la muestra al Estado, y formar su propio mecanismo de localización de personas desaparecidas en México.

Los insultos en castellano ya no les alcanzan para calificar al ministerio público, al agente investigador, al encargado del archivo, y al propio abogado de la Nación.

La charla nos lleva a la inexistencia de un padrón confiable en el número de desaparecidos, a la “mentira” de un banco de ADN en la PGR, a la increíble facilidad del Presidente de la República de falsear la verdad ante la ONU.

Y entonces mi amiga, una mujer de  alma hermosa, Guerrerense que busca a su hijo hace cinco años me pregunta: “¿qué pasaría Luis, si a una hija del Pinche Peña Nieto, la secuestrarán?. Te aseguro que entonces se mueve todo mundo, y la encuentran. Porque así es México. ¡Yo en cuanto encuentre a mi hijo me largo de éste País!.

Si mi Pepe no estuviera desaparecido, ya me había ido a vivir a otro país. Aquí nos persiguen, saben qué hacemos, a donde viajamos, con quien nos entrevistamos, todo saben los cabrones, menos encontrar a nuestros hijos. ¿Cómo estaba el Moreira el día que le mataron a su hijo?. Se le salía el corazón, gimoteaba, no podía respirar. Lo mataron los mismos a los que les abrió las puertas para asentar su poder en Coahuila. Esos mismos mafiosos que le dieron dinero, le mataron a su hijo. ¿Ahora dónde está?. En Europa –se responde-, porque se fue de la lengua y gritó igual que nosotros, pero a él lo sacaron del país porque se volvió loco.

Nosotras Luis, no tenemos siquiera ese derecho de volvernos locas, porque esperamos que nuestros hijos regresen. De pronto, los imaginamos muertos, ¿pero cómo estar seguros de eso?, si no tenemos sus cuerpos. Nadie nos dice ni nos demuestra que están muertos. Por eso no me voy al otro lado, porque estoy esperando a mi Pepe, pero en cuanto regrese, nos vamos de éste pinche país que gobiernan criminales, ¡Hijos de puta!”.

Nada puedes decir entonces, la charla en la mesa redonda de una cafetería de los años setenta, atrás de la UNAM, se cimbra, como tu mente. Sólo te nace abrazarla, sentir su dolor inmenso inundando el lado derecho de tu pecho, conteniendo la emoción con un nudo en la garganta. Volteas a ver a los demás enjugando lágrimas, porque sus historias son similares. ¡No encuentran a sus hijos!. Los piensan vivos, los imaginan muertos, pero hasta el último día de sus vidas los buscarán porque el Estado mexicano, su gobierno no brinda respuestas. Esto no se trata solo de los 43 de Ayotzinapa, ni siquiera de los 22 mil desaparecidos reconocidos. Se trata de un grito de justicia no de una estadística. Se trata de que aparezcan, vivos o muertos, pero que aparezcan. ¿Es tan difícil entender eso?

 

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