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Una vez me tomaste de la mano, recuerdo que mamá, me había puesto un pantalón azul, una camisa blanca, y un suéter de colores. Era mi primera vez contigo. Bien peinado, con aquél casquete corto que me encantaba, porque me lo hacían en la misma peluquería que a tí te cortaban el cabello.
Ibas con tu traje de los domingos. Me impactaba verte así, alto, blanco como una nube, tus ojos como el cielo, y tu cien por ciento de canas blancas…nunca vi otro color en tu pelo… tenias sesenta y y tres años, yo cuatro… de la mano salimos de la vecindad de Chopo.
Caminamos hasta la plaza de Santa María la Rivera, preguntaste con la mirada si estaba cansado… cómo estarlo si iba de tu mano… entonces me tomaste en peso, y me sentaste en la banca… señalaste hacia el quiosco, y me dijiste… mire hijo, esos señores van a tocar algo que me gusta mucho… yo observaba, no sabía de que se trataba, en un momento, sacaron los violines, las violas, el chelo, las flautas… entonces no sabia sus nombres…
No abra los ojos, dijiste, abra los oídos. Te sentaste a mi lado y pasaste tu largo brazo sobre mi hombro.
En quince minutos, estaba sentado en una nube de sonidos increíbles que unidos, estremecieron mi cuerpo, tu mano creo que lo sintió, porque me apretaste junto a ti, con esas enormes manos que el campo hizo tan fuertes… la entrada fue tremenda… junto a ti, en ese momento escuchaba a Dios decirme lo grande que era la vida… Tocata y fuga en re menor… su huella sigue en mi, descubrí a Bach, y te descubrí a ti, y entonces supe lo grande que eras… desde ese momento, padre, Don Lalo, Everardo, supe lo que tu alma estaba en la mía… sentí tus genes en mi… no se en que movimiento, mis lagrimas mojaron tu mano, con la que me limpiabas los ojos, y sin decir nada me tomabas de la cabeza, estremeciéndote conmigo… tu belleza de hombre, no era nada comparada con la de tu alma, que tanto extraño… desde ese momento, no hubo un amigo tan grande e infinito como tu.. padre no encuentro palabras para expresarte todo este amor que se dispersa en tu busca… te extraño padre. A ese momento siguieron otros increíbles, como cuando me enseñaste a jugar ajedrez… cuando me regalaste el libro para aprender a dibujar desnudos… tus libros, y el gusto por la opera… Don Lalo, te amo… te extraño tanto…
Luis Cardona, 2005









