Masacre en Cadereyta, cuando el dolor es impronunciable

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diario19 / Marcela Turati

 

Este trabajo forma parte del proyecto En el Camino, realizado por la Red de Periodistas de a Pie con el apoyo de Open Society Foundations. Conoce más del proyecto aquí: enelcamino.periodistasdeapie.org.mx

 

El 13 de mayo del 2012, 49 cuerpos fueron mutilados en Cadereyta, Nuevo León. Les arrancaron brazos, piernas y cabeza para impedir su identificación. Pronto, autoridades los echaron a la fosa común del olvido. Pero el amor de los familiares y el trabajo de organizaciones civiles logró recuperar el nombre de 8 de ellos, todos migrantes centroamericanos. 

 

Fotografías: Ginnette Riquelme

 

La Paz, Honduras. Ella llegó en crisis a su casa. Por teléfono, un funcionario anónimo le avisó desde México que encontraron una identificación de su hermano Fabricio entre una pila de cuerpos tasajeados en una masacre. Doña Norma, su madre, las regañó a ella y a sus otras hijas por llorar y les prohibió creer esa mentira.

Pero conforme pasaba el tiempo y su hijo y los amigos con los que emigró de Honduras no se reportaban, Norma empezó a dudar. Vencida por la tristeza oró y ayunó tres días rogando a Dios que le trajera a su muchacho, sano y completo. Esa era su condición. Durante una de esas noches lo soñó sin brazos. Entonces, rendida, cambió su oración: “Señor, tráemelo como esté”.

Veintisiete meses después ocurrió el milagro: Fabricio volvió a casa. Iba dentro de uno de los ocho féretros que llegaron desde México al departamento hondureño de La Paz, que fueron recibidos por multitudes en las calles; todos conmovidos.

Su asesinato, hecho público dos años antes –el 13 de mayo de 2012–, apenas obtuvo una leve mención en los medios hondureños. En México la noticia causó indiferencia cuando no repugnancia: “Dejan sólo torsos en Cadereyta; tiran 49 cuerpos mutilados en NL”, tituló un diario. ¿Una masacre más? A quién importaba.

Las víctimas fueron despojadas de brazos, piernas y cabeza por una de las bandas que secuestra, mutila y masacra a migrantes para proclamar su señorío por sobre las rutas de tráfico ilegal. Mutilaron sus cuerpos –seis eran de mujeres– para convertirlos en un mensaje.

Sería imposible identificar esos despojos, se apresuró a decir el gobernador de Nuevo León y le hicieron eco sus funcionarios. Para pronto, los echaron a la fosa común con lo que los condenaban al infierno de la muerte anónima, y a sus familias, a penarlos de por vida.

Sólo en el sexenio de Felipe Calderón ese fue el destino de al menos 15 mil personas no identificadas.

Arrancar a estos migrantes anónimos de una fosa ubicada a tres fronteras de distancia de su país de origen no cabía en las leyes de las probabilidades.

Pero pareciera que Fabricio se había obstinado en volver a casa y el hallazgo de su identificación dio pie al primer milagro que atrajo a otros: la llamada anónima del samaritano que inyectó la duda, la unión de las madres, esposas y hermanas de los ausentes, un afortunado encuentro con una organización mexicana buscadora de migrantes desaparecidos con un comité de madres hondureño y un equipo forense especializado en tareas imposibles.

Fabricio Anabel Suazo Padilla, Javier Edgardo Tejeda Vásquez, Ramón Antonio Torres Castillo, Mauricio Francisco Suazo Mejía, Elmer Saíd Barahona Velásquez, Heber Josué González Betancurth, José Enrique Velásquez Zelaya y Leonel Dagoberto Rivera Cáceres, recuperaron su nombre en las tumbas que los albergaban.

Esta reportera conoció sus historias a finales de agosto de 2014, cuando se cumplía un mes del reencuentro con los amados aventureros y de la siembra de sus cuerpos cerca de sus casas. El segundo domingo de agosto las familias se reunieron para hablar sobre cómo se sentían después de esta ruda batalla. La reunión estuvo llena de lágrimas y de silencios, para no dañar más al corazón.

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La organización entre familiares logró lo imposible.

CONTRA EL DESPRECIO GUBERNAMENTAL

“A fines de abril, creo que domingo de resurrección del año 2012, salieron rumbo a EU, ese era el motivo de viaje. La última vez que se tuvo comunicación con ellos fue 5 de mayo, llamaron todos pidiendo dinero, que se los enviara. Estaban en Tamaulipas, en una casa que estaban donde aproximadamente había 53 personas”, recordó Patricia Suazo, abogada, hermana de Mauricio Francisco.

El domingo 13 de mayo de 2012 la televisión daba a conocer la masacre. Era una más. Se asustaron cuando los parientes de Fabricio relataron al resto de sus acompañantes el aviso que recibieron por teléfono.

Patricia Suazo se convirtió en el motor de la búsqueda y fue convenciendo a cada familia a unirse hasta que juntó al grupo. “Comencé sola la lucha –dijo–, sentía que si no nos organizábamos no podríamos recuperar un cuerpo. Cuando uno va sola no le dan respuesta, si vamos juntas sí te reciben”.

Las mamás, hermanas y esposas presentaron juntas a la Cancillería de su país, pronto les tomaron muestras de sangre. En esos días, las citó la directora de asuntos consulares de la cancillería, Ivonne Bonilla, quien les dijo que el gobierno de México le había informado que sólo el cuerpo de Ever Betancurth coincidía con la muestra genética.

“Cuando nos dieron el resultado de que no era compatible fue terrible, era como volver a empezar. Ella dijo que no podía hacer nada, que había que esperar”, recordó Patricia Suazo. Esperaban un llamado de atención enérgico del gobierno hondureño al mexicano, una palmada en el hombro como gesto de condolencia o algún gesto de solidaridad, pero no recibieron nada.

“Cuando dicen que no había resultados decidí buscar en internet a la Casa de Migrantes de Saltillo, les conté por correo electrónico nuestra historia y dejé un numero de teléfono. Me contactó la Fundación para la Justicia, les envié más detalles, ellos se se contactaron con las antropólogas argentinas: (la identificación de los restos de Cadereyta) era un caso que ellos tenían. Mantuvimos comunicación constante, comenzamos a tener terapia psicológica”, explicó Suazo.

En esas primeras sesiones de la pregunta ¿son o no son?, pasaron al ¿cómo los vamos a traer?

 

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Familia Tejeda Vazquez.

En junio el Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) tomó otras muestras de ADN a las familias pero el gobierno de México no las quiso aceptar. En octubre y en abril del siguiente año, el ministerio público de Honduras repitió el proceso porque los resultados no coincidían.

En todo el proceso estuvieron acompañadas por las integrantes del Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos del Progreso (Cofamipro), mujeres aguerridas que desde 1999 buscan a sus parientes desaparecidos en la ruta hacia Estados Unidos. Los domingos tienen un programa de radio y cada año participan en las caravanas de Madres Centroamericanas por México donde algunas veces, pocas, encuentran a alguno.

Ellas arroparon a las familias de La Paz, las acercaron con abogados y psicólogos que integran el proyecto trasnacional Verdad y Justicia para Personas Migrantes que integra a organizaciones de México, Estados Unidos y Centroamérica.

El grupo lo integraban varias mujeres: Doña Norma, la mamá de Fabricio Anael Suazo, quien primero perdió la memoria y negaba la situación pero después comenzó a acudir a las reuniones y a presionar a los funcionarios. Doña Claudina Castillo, mamá de Ramón, una mujer que rebasa los 80 años, no hablaba en las reuniones y estaba deprimida hasta un día que comenzó a expresar sus sentimientos; Georgina Vázquez, la mamá de Javier, que tras la noticia desarrolló diabetes e hipertensión y estuvo casi muda, pero la lucha la hizo rebelarse, comenzar a hablar y hoy es la tesorera del grupo. La profesora jubilada Vitalina Velázquez, mamá de Elmer Said, que había sido hospitalizada, la creyeron a punto de morir, pero comenzó a levantarse de la cama y a viajar con las demás. María Estela Mejía, madre de Mauricio Francisco, anciana de 80 años que lloraba en las noches a solas, a escondidas de su esposo para no provocarle un infarto.

De Villa San Antonio, un pueblo cercano, estaba Ritza, la mamá de Heber, a quien le costaba más desplazarse porque trabaja en una maquila y no le permitían ausentarse. Adela Zelaya, mamá de José Enrique, y la señora María, madre de Luis Rivera Valladares, fueron las últimas que aceptaron tomarse muestras porque no querían ni pensar que sus hijos estaban muertos.

El golpe para María fue el más duro porque antes de que los forenses le notificaran que habían identificado genéticamente a su hijo como uno de los asesinados, Cancillería lo anunció por la radio.

“Todos desmejoraron en salud, buscaron especialistas. A veces estábamos al borde de la locura, no sabíamos qué etapas estábamos pasando. Unos días estábamos en la lucha, otros no queríamos ni levantarnos. Siempre fue el dolor. No sabíamos como estábamos. Traerlos de regreso fue un gran alivio, no quita el dolor pero amortigua la situación”, relató Patricia Suazo.

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Javier Tejeda Vazquez, último recuerdo.

Otra experiencia dolorosa fue descubrir que el gobierno no era un aliado sino un enemigo, indolente, indiferente.

El último tramo del proceso, cuando sabían que habían sido identificados, no les atrajo menos problemas. Esperaron seis meses (pasaron otro aniversario de la masacre) para tener una fecha definitiva que a cada rato les posponían. Cada vez que les anunciaban que ya era un hecho aparecía un nuevo error de papeleo.

Ninguno de los gobiernos quería pagar el traslado, hasta que cedió el mexicano.

La mañana del 21 de julio de 2014 de la cancillería hondureña llamaron de improviso a todas las familias para avisarles que los cuerpos estaban en el aeropuerto y que si no iban por ellos los dejarían a la intemperie. Esa fue una de las últimas torturas.

Las mujeres de La Paz sabían que las querían obligar a posar con funcionarios que iban a colgarse la medalla de la repatriación y que tampoco tendrían la privacidad que querían para reencontrarse con sus hijos, así que se aferraron al acuerdo verbal que habían hecho con las autoridades de recibir a sus familiares el 22 y con toda la dignidad que revestía el momento.

El día indicado la prensa arremetió contra ellas en la morgue por no dejarse fotografiar y las familias forcejearon durante horas para que los ataúdes no fueran trasportados en algo que parecía un camión de la basura. Fue hasta la tarde cuando las carrozas fúnebres llegaron a la ciudad; las calles estaban rebosantes de paisanos, muchos lloraban.

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LOCALIZANDO A OTROS

La mañana del encuentro para este reportaje, el sábado 16 de agosto de 2014, a casi un mes del entierro, las familias comenzaron la reunión con una oración pidiendo fortaleza para ellos y por quienes sufren la desaparición de un familiar. Después de hacer un minuto de silencio por sus muertos, comenzó el intercambio:

-Yo como abuela sólo quería decir gracias porque ya los trajeron.

-Fueron 27 meses que caminamos sin saber dónde iban a terminar.

-Bendigo a Patricia por sus llamadas, bendigo a quienes abrieron esas tumbas, a quienes tuvieron valor de exhumar, a las manos que los sacaron, bendigo a ese grupo de antropólogas argentinas que fue de mucha ayuda para nosotros, son ángeles que el Señor nos mandó, a Marcia (Martínez) de Cofamipro, a la abogada Tirza (Flores Lanza), a los abogados que estuvieron en el caso. Ya el Señor nos hizo el milagro de que nos trajeran a nuestros hijos.

-Ya nos sentimos con tanta fuerza para seguir adelante que cuando escuchamos a otros que nos dicen que tienen hasta años buscando a sus familias siento que somos egoístas.

-Es un triunfo que estábamos aquí, que queríamos que así estuvieran, es un triunfo traerlos.

Lloraron, agradecieron, volvieron a llorar. Se preguntaron por qué la saña de los asesinos. Pasaron de ladito, como de puntillas, sobre la forma en que fueron asesinados. Sólo pueden referirse a ese dolor punzante como ‘el martirio’.

Eso aún no lo podían verbalizar. Decapitación es una palabra prohibida.

Maldijeron a su gobierno y al mexicano; bendijeron a quienes les ayudaron.

Al final anunciaron la creación de un nuevo comité: el COFAMICENH, Comité de Familiares de Migrantes Desaparecidos del Centro de Honduras. Comenzaron a mostrar el diseño de las playeras que se mandaron a hacer y a hablar de los casos que comenzaron a tender. Discutieron la mejor manera de cuidarse porque generalmente están sueltos los coyotes que llevaron a sus familiares al matadero.

Para ellas la lucha continuaba. Se prometieron ayudar a los otros las 24 horas los siete días de la semana.

Doña Norma, la madre de Fabricio, el muchacho que iba bien identificado, estaba entre los asistentes a la reunión. Por la tarde, en su casa, se mostraba más relajada.

En la fresca estancia desde donde veía a su hijo trabajar (él reparaba todo tipo de aparatos y arreglaba la casa) ella recordó aquella necia oración que en sus días de negación repetía al Señor: “Tráigame a mi hijo a salvo, bien completito, así como salió de casa”.

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Norma, madre inquebrantable.

Cuando en una visión lo encontró sin brazos, aunque tranquilo, ella repeló y dijo: “Padre, así no quiero, así no”. Enseguida vio un ataúd grande en la puerta de su casa. Ella sólo respondió: “Ah, Señor, consumado es, entonces ya no me lo traiga vivo y sano, si la voluntad suya es diferente tráigamelo así. No sé cómo, pero me lo va a traer: ponga ángeles, ponga medios para ayudarnos solos no podemos”.

Esa fue su oración en la cama, en la cocina, en el baño, en la calle, a toda hora. Esa fue la oración durante 27 meses en los que insistía con sus compañeras a que se los devolvieran.

Enfermó varias veces, estuvo a punto de una trombosis y rezaba: “Señor, no me quite la existencia sin antes ver venir a mi hijo de la manera que usted quiere”.

No comía, no dormía, sólo lloraba.

Sobre una maceta puesta a su lado colocó el retrato de su Fabricio recién graduado. Lo miró y dijo sonriente: “Este es un milagro que sólo Dios pudo hacer, por nuestras propias fuerzas nunca lo hubiéramos logrado: uno es pobre, la repatriación es cara, a dónde íbamos a ir, dónde íbamos a buscar. Imagínese, ¿quién iba a pensar que ese equipo de antropólogas forenses argentinas que no nos cobró ni un centavo, que ese grupo de esa fundación para dar justicia (Fundación para la Justicia), que ese grupo de voluntarias de Cofamipro, que esos psicólogos nos ayudarían y que juntas lo haríamos?”.

Se condolía por tantos de sus paisanos que no han tenido la suerte de esos ocho de ser enterrados cerca de casa y mencionó a una mamá que desde hace 20 años espera un milagro como el suyo.

La entrevista pasó por lágrimas y por terrenos minados por los que ella y las demás mamás no se detienen: las causas de la barbarie, la saña, la tortura. Casi en la despedida anunció luminosa la manera que encontraron para consolarse el corazón de tanta tristeza: “Ahora vamos por esa nueva etapa que ya vamos a ayudar a las demás personas. Antes estábamos con la ansiedad sólo preguntando cuándo vuelven nuestros hijos… ¿cómo vamos a pagar sino es ayudando nosotros a otros?”.

Apéndice: El 30 de abril de este año, una de estas mujeres hondureñas viajó a la ciudad de México, junto con representantes de organizaciones centroamericanas como Cofamipro, y mexicanas como la Fundación para la Justicia, además del equipo argentino para reunirse con la titular de PGR, Areli Gómez, quien prometió la construcción de un mecanismo transnacional para que las familias de migrantes asesinados en México tengan acceso a la justicia. Para que los crímenes no queden impunes.


Marcela-turati

Texto: Marcela Turati

Periodista independiente especializada en derechos humanos, conflictos sociales y víctimas de la violencia. Ha publicado en distintas revistas de México y el mundo. Fundadora de la Red de Periodistas de a Pie. Es autora del libro Fuego Cruzado y coautora de Entre las Cenizas, La Guerra por Juárez, Infancias vemos migraciones no sabemos. Ha sido reconocida con el Premio a la Excelencia de la Fundación de Nuevo Periodismo Iberoamericano 2014, el premio Wola de Derechos Humanos.

Ginnette Riquelme

Imágenes: Ginnette Riquelme Quezada

Fotógrafa chilena independiente. Desde que se graduó en Fotoperiodismo en Chile, trabajó en varios periódicos en Santiago. Como también fue Corresponsal para AP en Honduras; Fotógrafa para Xinhua en Madrid y Fotógrafa para las colecciones del Archivo Histórico, Museo Nacional de Antropología, México. Ha publicado en The New York Times; Greenpeace Internacional; Reuters y Revista Que Pasa, Chile.

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